Un hombre dedicado a la vida religiosa fue invitado a comer con un rey. Quería que todos admiraran su devoción, así que comió mucho menos de lo acostumbrado y, cuando llegó la oración, rezó durante mucho más tiempo.
Al volver a su casa pidió que le prepararan comida.
Su hijo se sorprendió.
—¿No comiste en el banquete del rey?
—Comí muy poco para que me vieran —respondió el padre. Buscaba que su moderación impresionara a los presentes.
El hijo comprendió lo que había pasado.
—Entonces también tendrías que volver a rezar. Si allá lo hiciste para que te miraran, todavía te falta tu oración.
El padre había vuelto pensando solamente en la comida que no había comido. Su hijo le señaló otra falta que el largo rato de oración había conseguido esconder.



