BibliotecaEl Miñique
Miñique cabalga sobre una lauchita con una montura hecha de un pedazo de guante.

Chile · Temuco / Santiago · Ramón A. Laval (1923) · Cuento tradicional

El Miñique

Cuentos de la colección de Ramón Laval

7 min de lectura*10+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

Un aguador y una lavandera trabajaban desde temprano hasta la noche y apenas conseguían lo necesario para vivir. Una vez, mientras descansaban, ella dijo que le habría gustado tener un hijo, aunque fuera chiquitito, para compartir la casa y las conversaciones.

—Van a tener el hijo que desean —respondió una voz desde el techo.

Los dos miraron hacia arriba sin descubrir a nadie. A la mañana siguiente, cuando la mujer se puso a lavar, sintió algo que se movía dentro de su manga. Sacudió el brazo, algo cayó al agua jabonosa y una vocecita pidió ayuda.

Era un bebé diminuto. La lavandera lo sacó enseguida, y ella y el aguador lo criaron con mucho cariño. Lo llamaron Miñique, porque nunca llegó a ser más alto que el dedo más pequeño de una mano.

Lo que sí creció fue su fuerza. También su voz: cuando gritaba, se lo oía más que a cualquier hombre del barrio.

Pasaron siete años. Sus padres estaban demasiado cansados y enfermos para seguir trabajando, y les quedaban treinta centavos. La madre le dio diez a Miñique y lo mandó a comprar carne.

El carnicero oyó golpes en el mostrador, pero no veía a nadie. Tuvo que inclinarse mucho para encontrar al cliente.

—¿Y cómo vas a llevar la carne, tan chiquito?

—Si me das un buey entero, puedo llevarlo —respondió Miñique.

El carnicero creyó que era una broma y le ofreció por los diez centavos el buey preparado que colgaba junto a la puerta. Miñique pagó, se lo echó al hombro y salió corriendo. Desde la calle parecía que aquella enorme carga avanzaba sola.

Su madre lo mandó entonces a comprar cinco centavos de pan. El panadero hizo la misma pregunta y recibió una respuesta parecida.

—Dame ese canasto lleno y vas a ver.

El hombre aceptó el trato y apoyó el canasto con mucho cuidado, temiendo aplastarlo. Miñique lo sostuvo como si no pesara nada y regresó a su casa.

Esa noche quisieron tomar mate. Con otros diez centavos fue al almacén a buscar azúcar y yerba. El almacenero, que tampoco creía en sus fuerzas, aceptó darle un cajón de azúcar y un barril de yerba si conseguía llevárselos. Miñique pidió que los atara juntos, se acomodó la carga y salió a toda velocidad.

Ya tenían comida para bastante tiempo. El padre puso a secar buena parte de la carne para hacer charqui, y la madre deseó unas cebollas para preparar un valdiviano. Quedaban exactamente cinco centavos.

Miñique salió con la última moneda. En el camino encontró una navajita, pequeña como un dije, y se la guardó. Poco después vio pasar a un vendedor que llevaba dos grandes canastos de cebollas sobre un caballo.

—¡Vendeme cinco centavos de cebollas! —gritó desde el pasto de la vereda.

El vendedor buscaba al dueño de la voz cuando una vaca arrancó un bocado de pasto y se tragó también a Miñique. Desde adentro, el chico siguió pidiendo las cebollas, hasta que se dio cuenta de dónde estaba.

Sacó la navajita, abrió una salida y escapó. La vaca murió. Miñique la llevó a casa, donde sus padres lo lavaron, le cambiaron la ropa y aprovecharon también aquella carne.

Después salió otra vez detrás del cebollero. Cuando lo alcanzó, el hombre volvió a dudar de que pudiera cargar unas cuantas cebollas. Miñique le propuso llevarse los dos canastos por los cinco centavos. El vendedor aceptó, seguro de que no podría hacerlo. El chico le pagó y se llevó los canastos sin detenerse.

La noticia de sus fuerzas recorrió el país hasta llegar al rey, que quiso conocerlo. Miñique domesticó una lauchita para viajar: con una horquilla hizo los frenos y los estribos, con un pedazo de guante preparó la montura y con un cordón de zapatos armó las riendas. Se colgó la navajita como una espada y partió.

En el palacio todos se admiraron al verlo y escucharlo. El rey quiso que se quedara a su lado.

—No puedo dejar solos a mis padres —contestó Miñique—. Ya no pueden trabajar y me necesitan.

El rey los hizo venir, les dio una habitación y se ocupó de que nada les faltara.

Tiempo después estalló una guerra. Cuando escasearon los caballos, Miñique movió los cañones con sus propias fuerzas y transmitió las órdenes con su voz extraordinaria. Lo nombraron capitán por sus servicios. Siguió viviendo en el palacio, donde su tamaño había dejado de sorprender y todos conocían muy bien lo que era capaz de hacer.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Detrás de esta historia.

Un cuaderno abierto y una rosa roja junto a una ventana con ramas de naranjo cargadas de fruta.
Ilustración de su mundo literario

Recopilador

Ramón A. Laval

Ramón Arminio Laval reunió y estudió relatos de la tradición oral chilena. Su libro Cuentos populares en Chile (1923) conserva voces, lugares y expresiones de quienes contaban esas historias. De allí provienen los doce cuentos de esta selección: encuentros con la Calchona,...

Conocé su historia

Una historia, varios caminos.

Para conversar después

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

Cada vendedor ve el tamaño de Miñique y cree saber cuánto puede cargar. Él les muestra algo que no esperaban. En el palacio también deja claro qué necesita para quedarse: que sus padres estén cuidados.

  • ¿Cuál de las compras te resultó más sorprendente?
  • ¿Qué cosas pequeñas usa Miñique para preparar su viaje?

Una mirada adulta

Las compras repiten una apuesta basada en la apariencia y convierten monedas escasas en provisiones abundantes. El reconocimiento público llega después del sostén doméstico. El episodio de la vaca introduce una violencia propia del relato tradicional que puede conversarse sin convertirla en una prueba de bondad.

  • ¿Cómo cambia el poder de Miñique entre la casa, el mercado y el palacio?
  • ¿Qué diferencia hay entre que lo admiren y que escuchen su condición para quedarse?

Una biblioteca abierta para leer en compañía o perderse un rato entre cuentos.

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