Un aguador y una lavandera trabajaban desde temprano hasta la noche y apenas conseguían lo necesario para vivir. Una vez, mientras descansaban, ella dijo que le habría gustado tener un hijo, aunque fuera chiquitito, para compartir la casa y las conversaciones.
—Van a tener el hijo que desean —respondió una voz desde el techo.
Los dos miraron hacia arriba sin descubrir a nadie. A la mañana siguiente, cuando la mujer se puso a lavar, sintió algo que se movía dentro de su manga. Sacudió el brazo, algo cayó al agua jabonosa y una vocecita pidió ayuda.
Era un bebé diminuto. La lavandera lo sacó enseguida, y ella y el aguador lo criaron con mucho cariño. Lo llamaron Miñique, porque nunca llegó a ser más alto que el dedo más pequeño de una mano.
Lo que sí creció fue su fuerza. También su voz: cuando gritaba, se lo oía más que a cualquier hombre del barrio.
Pasaron siete años. Sus padres estaban demasiado cansados y enfermos para seguir trabajando, y les quedaban treinta centavos. La madre le dio diez a Miñique y lo mandó a comprar carne.
El carnicero oyó golpes en el mostrador, pero no veía a nadie. Tuvo que inclinarse mucho para encontrar al cliente.
—¿Y cómo vas a llevar la carne, tan chiquito?
—Si me das un buey entero, puedo llevarlo —respondió Miñique.
El carnicero creyó que era una broma y le ofreció por los diez centavos el buey preparado que colgaba junto a la puerta. Miñique pagó, se lo echó al hombro y salió corriendo. Desde la calle parecía que aquella enorme carga avanzaba sola.
Su madre lo mandó entonces a comprar cinco centavos de pan. El panadero hizo la misma pregunta y recibió una respuesta parecida.
—Dame ese canasto lleno y vas a ver.
El hombre aceptó el trato y apoyó el canasto con mucho cuidado, temiendo aplastarlo. Miñique lo sostuvo como si no pesara nada y regresó a su casa.
Esa noche quisieron tomar mate. Con otros diez centavos fue al almacén a buscar azúcar y yerba. El almacenero, que tampoco creía en sus fuerzas, aceptó darle un cajón de azúcar y un barril de yerba si conseguía llevárselos. Miñique pidió que los atara juntos, se acomodó la carga y salió a toda velocidad.
Ya tenían comida para bastante tiempo. El padre puso a secar buena parte de la carne para hacer charqui, y la madre deseó unas cebollas para preparar un valdiviano. Quedaban exactamente cinco centavos.
Miñique salió con la última moneda. En el camino encontró una navajita, pequeña como un dije, y se la guardó. Poco después vio pasar a un vendedor que llevaba dos grandes canastos de cebollas sobre un caballo.
—¡Vendeme cinco centavos de cebollas! —gritó desde el pasto de la vereda.
El vendedor buscaba al dueño de la voz cuando una vaca arrancó un bocado de pasto y se tragó también a Miñique. Desde adentro, el chico siguió pidiendo las cebollas, hasta que se dio cuenta de dónde estaba.
Sacó la navajita, abrió una salida y escapó. La vaca murió. Miñique la llevó a casa, donde sus padres lo lavaron, le cambiaron la ropa y aprovecharon también aquella carne.
Después salió otra vez detrás del cebollero. Cuando lo alcanzó, el hombre volvió a dudar de que pudiera cargar unas cuantas cebollas. Miñique le propuso llevarse los dos canastos por los cinco centavos. El vendedor aceptó, seguro de que no podría hacerlo. El chico le pagó y se llevó los canastos sin detenerse.
La noticia de sus fuerzas recorrió el país hasta llegar al rey, que quiso conocerlo. Miñique domesticó una lauchita para viajar: con una horquilla hizo los frenos y los estribos, con un pedazo de guante preparó la montura y con un cordón de zapatos armó las riendas. Se colgó la navajita como una espada y partió.
En el palacio todos se admiraron al verlo y escucharlo. El rey quiso que se quedara a su lado.
—No puedo dejar solos a mis padres —contestó Miñique—. Ya no pueden trabajar y me necesitan.
El rey los hizo venir, les dio una habitación y se ocupó de que nada les faltara.
Tiempo después estalló una guerra. Cuando escasearon los caballos, Miñique movió los cañones con sus propias fuerzas y transmitió las órdenes con su voz extraordinaria. Lo nombraron capitán por sus servicios. Siguió viviendo en el palacio, donde su tamaño había dejado de sorprender y todos conocían muy bien lo que era capaz de hacer.



