Panaumbe bajó a la orilla del río y llamó hacia los riscos del otro lado.
—¡Ustedes, los que están detrás de ese risco! ¡Vengan a cruzarme!
—Primero tenemos que ahuecar un tronco para hacer la embarcación. ¡Esperá!
Panaumbe aguardó un rato y volvió a llamar.
—No tenemos pértigas. Vamos a hacerlas. ¡Esperá!
Después de otra espera, llamó por tercera vez.
—¡Ya vamos!
Una embarcación grande, llena de zorros, se desprendió de la otra orilla. Panaumbe tomó un buen garrote y se tendió en el suelo, fingiendo estar muerto.
Cuando llegaron, los zorros se acercaron a mirarlo.
—Pobre Panaumbe. ¿Habrá muerto de frío? ¿Habrá muerto de hambre?
Se reunieron a su alrededor y lloraron. Entonces Panaumbe se levantó, blandió el garrote y los mató. Sólo dejó ir a uno, después de quebrarle una pata.
Cargó los cuerpos hasta su casa. Con la venta de la carne y las pieles se hizo rico.
Penaumbe fue a visitarlo.
—Si los dos éramos igual de pobres, ¿cómo conseguiste tantos zorros para enriquecerte?
—Quedate a comer y te lo cuento —lo invitó Panaumbe.
—Ya sé todo lo que pasó —respondió Penaumbe.
Orinó contra el umbral y se fue. Bajó al río y llamó como había hecho el otro.
Los zorros le contestaron que tenían que preparar una embarcación. Cuando volvió a llamar, le dijeron que les faltaban las pértigas. Al fin partieron, otra vez en un bote lleno de zorros.
Penaumbe tomó su garrote y fingió estar muerto.
—Pobre Penaumbe —dijeron al llegar—. ¿Se murió de frío o por falta de comida?
Se acercaron llorando. Pero entre ellos había un zorro que rengueaba.
—Yo recuerdo algo que pasó una vez —advirtió—. Lloren un poco más lejos.
Los zorros se sentaron a mayor distancia. Siguieron llorando, cada vez más apartados del cuerpo. Penaumbe no podía alcanzarlos.
Finalmente se incorporó y agitó el garrote. Todos huyeron. No atrapó a uno solo, y él mismo acabó muriendo de manera miserable.




