Una mujer era muy querida por su esposo. Después de algunos años tuvieron un hijo. El padre llegó a querer al bebé todavía más que a ella, y la mujer empezó a lamentar el tiempo en que recibía sola todo su cariño.
Pensó que quería deshacerse del niño.
Esperó a que su esposo saliera a cazar osos en las montañas. Entonces puso al bebé en una caja, la llevó hasta el río y la dejó ir con la corriente.
Cuando el hombre regresó, ella fingió llorar. Le dijo que el niño había desaparecido, que tal vez alguien se lo había llevado o se había extraviado, y que lo había buscado sin resultado alrededor de la casa y por el bosque.
El padre se acostó abrumado por la pena y se negó a comer. Sólo empezó a probar un poco de alimento cuando vio que su esposa tampoco comía. Todavía la quería y tuvo miedo de que ella muriera de hambre. Pero la mujer ayunaba únicamente delante de él: a sus espaldas comía hasta quedar satisfecha.
Pasó el tiempo. Un día, sin saber cómo sacarlo de su tristeza, le ofreció contarle una historia.
—Escuchá, te voy a entretener con un cuento.
Y relató todo lo ocurrido, exactamente como había sucedido. Mientras hablaba, ella misma creía estar contando una historia antigua.
El hombre comprendió. Enfurecido, tomó su garrote, la mató a golpes y arrojó el cuerpo fuera de la casa. La voz de esta historia presenta aquella muerte como el castigo elegido por los dioses.
Ahora el padre sabía que debía buscar río abajo. Caminó durante mucho tiempo, hasta llegar a una casa solitaria. Allí encontró a un anciano de aspecto venerable, una anciana, la hija adulta de ambos y un niño.
—Busco a mi hijito —le dijo al anciano—. Lo pusieron en una caja y lo dejaron ir por el río. ¿Saben algo de él?
—Un día mi hija fue a buscar agua y encontró una caja con un niño adentro. No sabíamos si era una criatura humana, una divinidad o un espíritu dañino. Lo cuidamos y también guardamos la caja. Mirala: quizá puedas reconocerla.
Era la misma caja. Era su hijo. El padre lo reconoció lleno de alegría.
Entonces el anciano le propuso quedarse.
—Te daré por esposa a mi única hija. Vivan con nosotros mientras mi mujer y yo sigamos vivos. Alimentanos y después recibirás mi herencia.
El hombre aceptó. Se quedó allí hasta que murieron los dos ancianos, heredó sus bienes y regresó a su aldea con su nueva esposa y su hijo querido.
La voz histórica cierra señalando este caso como el de una mujer que obró con maldad. Así termina el relato.




