Cuando Bootoolgah, la grulla, se casó con Goonur, la rata canguro, en su tierra todavía no había fuego. La comida se comía cruda o se dejaba secar al sol.
Un día Bootoolgah frotaba dos trozos de madera cuando vio una chispa y un hilo de humo.
—Mirá lo que pasa. ¡Qué bueno sería tener fuego para cocinar sin esperar al sol!
Goonur observó y le propuso aprovechar aquella chispa con corteza y hierba seca. Bootoolgah siguió su idea. Después de mucho trabajo apareció una llama. Así, entre los dos, descubrieron cómo hacer fuego.
Probaron un pescado cocido y les gustó muchísimo. Pero decidieron guardar el descubrimiento.
—Vamos a cocinar en el matorral de bingahwingul, donde nadie nos vea. Esconderemos los palos de fuego en sus semillas abiertas y llevaremos siempre uno oculto en la bolsa.
Cuando regresaron al campamento con pescado cocinado, los demás notaron la diferencia.
—¿Qué le hicieron?
—Lo dejamos al sol —respondieron.
Nadie terminaba de creerles. Pasaban los días y la pareja desaparecía con su pesca para volver con una comida distinta. Al fin, el grupo encargó a Boolooral, el búho nocturno, y Quarrian, el loro, que los siguieran.
Los observadores llegaron hasta el matorral y perdieron de vista a la pareja. Entonces treparon a un árbol alto en el borde. Desde allí vieron cómo sacaban un palo de la bolsa, avivaban el fuego, agregaban leña y cocinaban el pescado sobre las cenizas.
Volvieron con la noticia. Muchos ya habían probado aquella comida y querían poder prepararla. Discutieron cómo conseguir el palo y resolvieron organizar una gran celebración de danzas, un corroboree. El espectáculo debía ser tan extraordinario que Bootoolgah y Goonur olvidaran vigilar su bolsa.
Beeargah, el halcón, fingiría estar enfermo, con la cabeza vendada. Se acostaría cerca de ellos y esperaría su oportunidad. Invitaron a grupos de los alrededores, en especial a las grullas Bralgah, célebres por sus bailes.
Todos prepararon adornos y pinturas. Llegaron las cacatúas negras Beeleer con manchas rojo anaranjadas; los pelícanos casi blancos; los buceadores negros, brillantes; los Millear de la familia de las ratas canguro; los Buckandeer con dibujos de tonos apagados; los pequeños marsupiales Maira. Las Bralgah avanzaron solemnes, con cabezas rojas y cuerpos grises. También había Galah rosas y grises, Billai verdes y carmesíes y pequeños Gidgereegah.
Bootoolgah y Goonur encontraron una reunión como nunca habían visto. Antes de sentarse, él le advirtió:
—Sólo vamos a mirar. Tenemos que cuidar la bolsa.
Goonur se la colgó del brazo. A medida que avanzaban los bailes, empezó a distraerse. La bolsa se le deslizó, pero Bootoolgah la vio a tiempo y se la acomodó. Beeargah, que ya estaba por tomarla, volvió a encogerse entre sus quejidos.
Llegó el turno de las Bralgah. Entraron despacio, se inclinaron y retrocedieron. Repitieron los movimientos cada vez más rápido; convirtieron las reverencias en giros y estiraron sus cuellos en figuras tan graciosas que el público no podía dejar de reír. Ellas mantenían una seriedad que volvía todo todavía más cómico.
Goonur se echó hacia atrás, vencida por la risa. Bootoolgah aplaudía sin mirar la bolsa. Esta vez, cuando se deslizó del brazo, Beeargah saltó, la tomó, la abrió con su hacha y sacó el palo de fuego. Encendió el montón de hierba que había preparado junto a él.
La pareja advirtió la pérdida. Bootoolgah corrió detrás del halcón, pero Beeargah llevaba ventaja y era más rápido. Mientras huía, iba prendiendo el pasto.
Al ver fuegos por todas partes, Bootoolgah dejó de perseguirlo. Ya no podía guardar el secreto: el fuego había pasado a pertenecer a todos los grupos reunidos.



