Mooregoo, el búho mopoke, llevaba mucho tiempo acampando solo. Había fabricado bumeranes, garrotes, lanzas, escudos y mantas de piel.
Tallaba las armas con dientes de zarigüeya australiana. Pintaba el interior de las mantas con dibujos de colores y las cosía firmemente con tendones, usando como aguja un pequeño hueso de la pata de un emú. Al mirar todo lo que había hecho, se sentía orgulloso.
Una noche llegó Bahloo, la Luna.
—Prestame una de tus mantas.
—No presto mis mantas —respondió Mooregoo.
—Entonces regalame una.
—No regalo mis mantas.
Bahloo miró las armas tan bien talladas.
—Dame alguna de tus armas.
—Nunca le doy a otro lo que hice.
La noche estaba fría. Bahloo volvió a pedir una manta prestada, y Mooregoo respondió que ya había hablado: no prestaba sus mantas.
Bahloo no insistió más. Se fue, cortó corteza y construyó un refugio para sí mismo. Apenas estuvo terminado y él quedó protegido adentro, empezó a llover a cántaros.
La lluvia no cesó hasta inundar toda la tierra. Mooregoo murió ahogado. Sus armas flotaron, se dispersaron y fueron arrastradas lejos. Las mantas se pudrieron en el agua.



