Dinewan, el emú, acampaba con sus dos esposas, las Wahn, los cuervos. Al ver que se juntaban las nubes, construyeron un refugio de corteza. Cuando empezó a llover, los tres se metieron adentro.
Sin que sus esposas lo vieran, Dinewan pateó una de las planchas de corteza y la hizo caer. Después les dijo que salieran a colocarla otra vez.
Mientras ellas trabajaban afuera, él derribó otra plancha del lado opuesto. Apenas regresaron, tuvieron que volver a salir.
Lo hizo una vez y otra. Él cenaba cómodo y seco mientras ellas se mojaban y pasaban frío arreglando el refugio.
Al fin sospecharon. Decidieron que una se quedaría mirando. Así descubrió a Dinewan riéndose solo y tirando abajo la corteza que acababan de acomodar.
Se lo contó a la otra y las dos prepararon su respuesta.
Entraron llevando cada una una plancha de corteza con brasas calientes. Dinewan estaba acostado, todavía riéndose.
—Ahora vas a sentir tanto calor como frío sentimos nosotras —le dijeron.
Le arrojaron las brasas encima. Él saltó gritando de dolor, con quemaduras graves. Se revolcó y corrió bajo la lluvia.
Las dos Wahn se quedaron dentro del refugio y se rieron de él.



