Cuando Dinewan, el emú, todavía podía volar alto, las otras aves lo reconocían como rey por su gran tamaño. Los Goomblegubbon, las avutardas, envidiaban a los emúes. Una madre Goomblegubbon, sobre todo, no soportaba ver a la madre Dinewan aterrizar cerca, sacudir sus alas y soltar un sonido satisfecho.
Quería acabar con esa superioridad. No podía vencerla en una pelea, pero pensó que, si lograba quitarle las alas, le impediría volar.
Un día vio que Dinewan se acercaba. Se agachó entre los pastos y plegó las alas de tal manera que parecían haber desaparecido. Después de conversar un rato, le dijo:
—¿Por qué no hacés como yo y vivís sin alas? Cualquier ave vuela. Para ser reyes, ustedes deberían poder prescindir de ellas. Cuando los demás vean que yo puedo hacerlo, van a elegirme a mí.
—Pero vos tenés alas.
—No, ya no tengo.
Dinewan miró. Goomblegubbon las escondía tan bien que no pudo encontrarlas. Volvió a su casa preocupada y habló con su pareja. Ninguno quería perder el lugar que tenían entre las aves. Si para conservarlo debían sacrificar sus alas, estaban dispuestos.
Dinewan convenció a su compañero de cortarle las alas con un combo, un hacha de piedra. Después ella hizo lo mismo con él. Enseguida corrió a buscar a Goomblegubbon.
—Mirá, seguí tu ejemplo. Ya no tengo alas.
La avutarda saltó de alegría. Las desplegó, las agitó ante Dinewan y se rio de ella.
—¡Te engañé! Las mías siguen acá. ¡Lindos reyes son, si se los puede engañar así!
Dinewan se lanzó hacia ella, pero Goomblegubbon levantó vuelo. El emú ya no podía seguirla.
Durante un tiempo, Dinewan y su pareja no encontraron cómo vengarse. Hasta que la madre ideó un plan. Escondió diez de sus doce crías bajo un arbusto y salió con las otras dos hacia la llanura donde Goomblegubbon buscaba comida con sus doce hijos.
La saludó como si fueran amigas.
—¿Por qué no hacés como yo y te quedás con dos hijos? Doce son demasiados para alimentar. Lo que haría grandes a dos apenas alcanza para doce. Por eso los tuyos nunca crecen como los míos.
Goomblegubbon se fue pensando. Recordó su propio engaño y sospechó que Dinewan podía estar devolviéndoselo. Pero volvió a mirar: las dos crías de emú eran mucho más grandes que las suyas. Otra vez deseó superarlas. Imaginó a sus hijos tan enormes como los emúes y, además, capaces de volar.
Entonces mató a diez de sus crías y dejó vivas sólo a dos.
Regresó junto a Dinewan, que le preguntó dónde estaban las demás.
—Las maté. Ahora estas dos tendrán comida suficiente y crecerán tanto como las tuyas.
Dinewan la acusó de crueldad y codicia.
—Yo tengo doce hijos y encuentro alimento para todos. No mataría a ninguno, ni siquiera para recuperar mis alas. Los arbustos dan bayas y los saltamontes nos alimentan.
—¡Pero sólo tenés dos!
—Voy a traerte a los otros.
Corrió hasta el escondite y volvió rodeada de sus doce crías de plumaje rayado. Ellas silbaban; la madre avanzaba con el cuello extendido y su canto de alegría.
Frente a Goomblegubbon se detuvo.
—Ahí están. Miralos y pensá en los que mataste. Mientras los emúes no tengan alas, las avutardas pondrán sólo dos huevos y tendrán sólo dos crías. Estamos a mano: vos conservás tus alas y yo a mis hijos.
Desde entonces, dice esta historia, Dinewan quedó sin alas y Goomblegubbon pone solamente dos huevos por temporada.



