Googarh, la iguana, vivía con sus dos esposas, Moodai, la zarigüeya australiana, y Cookooburrah, el ave de risa sonora. Cookooburrah tenía tres hijos: uno ya crecido, que vivía lejos, y dos pequeños que se quedaban con ella.
Acampaban cerca de un goolahgool, un árbol que guardaba agua. Una grieta en la horqueta dejaba entrar la lluvia al tronco hueco. Allí podía conservarse mucho tiempo. La marca oscura que dejaba el agua al desbordar permitía reconocer estos árboles.
Un día Googarh y sus dos esposas salieron a cazar. Se llevaron agua en bolsas de piel, pero no dejaron nada para los niños. Los pequeños no alcanzaban la abertura del árbol.
Pasó el tiempo y la sed se volvió insoportable. Tenían la lengua hinchada y ya no podían hablar cuando vieron acercarse a un hombre. Era Cookooburrah, su hermano mayor.
Él preguntó por su madre. No pudieron responder. Les preguntó qué les pasaba y sólo consiguieron señalar el árbol.
—¿No les dejó agua? —dijo.
Negaron con la cabeza.
—¿Se están muriendo de sed?
Asintieron.
El hermano les indicó que se apartaran.
—Van a ver cómo los castigo por dejarlos así.
Trepó al goolahgool y lo partió de arriba abajo. El agua salió en un torrente. Los niños bebieron hasta saciarse y después se bañaron, felices, mientras el caudal seguía aumentando.
Entretanto, los tres cazadores volvían al campamento. Encontraron una corriente donde antes había suelo seco y comprendieron que el árbol se había abierto. Trataron de contener el agua, pero era demasiado fuerte.
Apuraron el paso. Al llegar, un cauce profundo los separaba de su hogar. Los tres hermanos los vieron desde la otra orilla.
El mayor les dijo a los pequeños que señalaran un punto y llamaran:
—¡Crucen por ahí, que no es hondo!
Googarh y sus esposas entraron al agua. Pronto Cookooburrah perdió pie.
—¡Goug gour gah gah! ¡Denme un palo! —gritó.
Desde la orilla, sus hijos sólo repitieron su grito entre burlas.
La corriente arrastró a los tres cazadores. Quedaron bajo el agua y murieron ahogados.



