Cuando empieza el invierno, los lagartos se esconden en sus casas de arena. Cavan hondo y van cerrando el pasadizo detrás de ellos. Las águilas negras se retiran a sus nidos y los garbarlee, lagartos de cola corta, se refugian en troncos pequeños, apenas lo bastante grandes para contenerlos.
Allí esperan hasta que Mayrah se lleve el invierno con su soplo.
Primero Mayrah empuja una tormenta. Al oír los truenos, los lagartos saben que la primavera se acerca y comienzan a abrir un camino hacia afuera. Pero todavía no salen.
Esperan el canto de los curreequinquin. Cuando esas aves repiten casi todo el día «goore, goore, goore, goore», ya no queda duda: Mayrah hizo retroceder al invierno. Los pájaros están formando parejas y construyendo nidos.
Entonces los lagartos abren los ojos y salen otra vez a la tierra verde. La gente también escucha aquella señal. Sabe que podrá encontrarlos de nuevo, más gordos que cuando se escondieron.
En esos días se ven pasar de prisa a los piggiebillah, los equidnas. La historia cuenta que dejan a sus crías enterradas en la arena cuando sus espinas empiezan a pincharles la bolsa donde las llevaban. Se alejan rápido para no escuchar sus llamados. Más adelante volverán a encontrarse, cuando hayan crecido.
Mayrah sopla suavemente. Las flores se abren una por una y las abejas vuelven a recoger miel. Cada ave luce su plumaje más vistoso y canta para atraer una pareja. De a dos, preparan sus nidos.
El viento sigue acariciando la tierra hasta llenarla de alimento. Entonces Yhi, el Sol, persigue a Mayrah y la manda de regreso al lugar de donde vino.
Las flores se inclinan. Las aves reservan sus cantos para las primeras horas de la mañana. Yhi gobierna la tierra hasta que las tormentas lo refrescan y termina por ceder su lugar al invierno.
Después Mayrah volverá a soplar. Volverá la querida portadora de la abundancia, y el invierno se irá otra vez.



