Oolah, el lagarto, se cansó de quedarse al sol sin hacer nada. Sacó sus bumeranes y empezó a practicar.
Usaba bubberahs, más pequeños y curvos que otros bumeranes. Cuando los lanzaba bien, regresaban a su mano.
Galah, la cacatúa de colores vivos, se acercó a mirar. A Oolah le gustó tener público. Quiso lucirse: le dio un giro extra al bubberah y lo arrojó con todas sus fuerzas.
El arma silbó por el aire y volvió. Al pasar junto a Galah le golpeó la parte superior de la cabeza y le arrancó plumas y piel.
Galah lanzó un grito áspero. Volaba de un lado a otro y, cada tanto, bajaba y se golpeaba la cabeza contra el suelo. Oolah vio la sangre y se asustó. Se deslizó hasta un arbusto de bindeah para esconderse.
Pero Galah lo había visto. Lo siguió sin dejar de gritar, lo atrapó con el pico y lo hizo rodar sobre el arbusto. Las espinas le perforaron la piel. Después frotó su propia cabeza ensangrentada contra el cuerpo del lagarto.
—Desde ahora vas a llevar siempre estas espinas y la mancha de mi sangre —le dijo.
Oolah silbó de dolor.
—Y vos seguirás con la cabeza pelada mientras yo sea un lagarto rojo y espinoso.
Por eso, cuenta el relato, debajo de la cresta de Galah queda un lugar sin plumas. Y en su tierra hay lagartos rojizos, cubiertos de puntas como las espinas del bindeah.



