Las cabras enviaron un mensaje a sus vecinos, los leopardos:
—Hagamos un torneo de lucha. Así veremos quiénes tienen más fuerza.
Los leopardos se reunieron para conversar la propuesta. Su jefe no parecía preocupado.
—¿Las cabras? No les veo tanta fuerza. Aceptemos. No van a poder con nosotros.
El día del torneo, los dos grupos llegaron a una calle del poblado. Sonaron los tambores. Hubo canciones y bailes antes de que los luchadores se colocaran frente a frente: treinta parejas, cada una formada por una cabra y un leopardo.
Empezó el primer encuentro. Los dos se midieron, forcejearon y, de pronto, el leopardo quedó tendido en el suelo. Había ganado la cabra.
Entró la segunda pareja. Otra vez lucharon y otra vez el representante de los leopardos terminó vencido.
En el tercer encuentro, el leopardo peleó con desesperación, avergonzado por las derrotas anteriores. La cabra, alentada por las victorias de su grupo, no cedió. También ella logró derribarlo.
Los partidarios de ambos lados seguían tocando. Ahora, del lado de los leopardos, golpeaban los tambores con más fuerza que nunca: querían dar ánimo a quienes ya habían perdido tres veces seguidas.
La cuarta pareja salió a luchar. Esta vez ganó el leopardo. En la quinta, los leopardos consiguieron otra victoria.
—¡Hoy vamos a resolver quiénes son los más fuertes! —anunció el leopardo del sexto encuentro.
El torneo siguió, pareja tras pareja, hasta que participaron los treinta. Al contar el resultado, las cabras habían ganado veinte veces y los leopardos, diez.
Los leopardos se apartaron, llenos de vergüenza.
—Todos los animales van a enterarse —dijeron—. Van a saber que nosotros ganamos diez y las cabras veinte. No podemos seguir viviendo tan cerca de ellas. Cada vez que las veamos pasar, vamos a recordar esto.
Abandonaron su poblado y se internaron en el bosque, lejos de sus rivales. Pero la distancia no les quitó el enojo. Lo guardaron junto con la vergüenza de haber perdido.
Por eso, cuenta esta historia, el leopardo ataca a la cabra cuando la encuentra sola. También se vuelve contra otros animales aislados que sabe amigos de las cabras, como los bueyes y los antílopes: sigue descargando sobre ellos la rabia de aquel torneo.



