Un herrero vio en la iglesia una pintura del Juicio Final y encargó una imagen del demonio para la puerta de su taller. Desde entonces, cada mañana la saludaba antes de encender la fragua.
Su hijo heredó el oficio y la herrería cuando el padre murió. Pero cambió el saludo por tres golpes de martillo sobre la frente pintada. Durante años también escupió la imagen cuando la encontraba en la iglesia.
El demonio terminó por cansarse. Se presentó en el taller con aspecto de muchacho y pidió trabajo como aprendiz. Aprendió tan rápido que pronto hacía cosas que su maestro no sabía hacer. El herrero empezó a confiarle el taller entero.
Un día, mientras estaba solo, el aprendiz llamó a una señora mayor que pasaba en su carruaje.
—Acá volvemos jóvenes a las personas —anunció.
La señora pagó quinientos rublos. El demonio la metió en la fragua; después reunió sus huesos y los puso en leche. De allí salió ella, viva y rejuvenecida.
Volvió a casa y le exigió a su marido que fuera a hacerse lo mismo. El hombre llegó cuando el herrero ya había regresado y el aprendiz había desaparecido.
—No sé hacer eso —explicó el maestro.
Pero el visitante no lo creyó. Si el aprendiz podía, el dueño del taller también debía saber. Lo amenazó con hacerlo azotar si se negaba.
El herrero preguntó al cochero qué había visto y, aterrorizado, intentó repetirlo. El resultado fue terrible: el hombre murió en el fuego y no volvió a levantarse.
Su esposa mandó detener al herrero y llevarlo a la horca. En el camino apareció el aprendiz.
—Puedo devolverle la vida —dijo—. Pero tenés que prometer que vas a dejar de golpearme y escupirme. Quiero el trato que me daba tu padre.
El herrero comprendió quién tenía delante y lo prometió.
El demonio volvió al taller. Poco después alcanzó a los servidores llevando consigo al hombre, vivo y joven. Soltaron al herrero y la pareja pudo regresar a su casa.
El aprendiz desapareció para siempre. El herrero conservó su oficio, pero desde entonces dejó en paz la imagen de la puerta.




