Un padre enseñó a sus tres hijos a leer y escribir. Antes de morir les pidió que fueran a rezar junto a su tumba. Los tres prometieron hacerlo.
Por aquellos días, la princesa Elena anunció que esperaba a quien lograra llegar hasta ella de un salto de caballo. Estaba sentada en un trono muy alto, dentro de una construcción de doce columnas y doce niveles de vigas.
Los dos hermanos mayores se dedicaron a preparar sus monturas y arreglarse para la prueba. Cuando Iván, el menor, preguntó quién iría a la tumba, respondieron que fuera quien tuviera ganas.
Iván fue la primera noche, la segunda y la tercera. Sus hermanos no dejaron los preparativos. Después salieron hacia el palacio sin llevarlo, porque temían que los hiciera quedar mal.
El muchacho también quería ver a la princesa. Fue llorando al cementerio y su padre salió a escucharlo. Sacudió la tierra, se enderezó y dio un silbido.
Apareció un caballo extraordinario, con fuego saliendo de las orejas y de la nariz. Iván entró por una oreja y salió por la otra convertido en un jinete de aspecto imponente.
Montó y fue al palacio. En el primer salto quedó a dos niveles del trono. En el segundo, a uno. En el tercero llegó hasta Elena y la besó, cumpliendo la prueba que ella había dispuesto.
La gente intentó detenerlo para conocer su nombre, pero Iván ya se alejaba. Volvió a la tumba, soltó al caballo y escuchó el consejo de su padre. Después regresó a casa como si no hubiera salido. Sus hermanos contaron lo que habían visto sin reconocerlo.
Al día siguiente hubo otra reunión. Elena buscaba al jinete y quería compartir su reino con él. Examinaron a los nobles y a los militares, pero ninguno era el que esperaban.
Iván había ido a pie, con su ropa sencilla, y se sentó en un rincón. Quería que ella lo reconociera también así.
La princesa miró entre los invitados y lo encontró. Lo invitó a sentarse a su lado y se casaron. El caballo había permitido el salto; el último encuentro ocurrió sin su fuego ni sus galas.




