Wurrunnah volvió de cazar cansado y hambriento. Le pidió durrie a su madre, pero no quedaba. Buscó semillas entre los demás para preparar su propia comida y nadie le dio.
—¡Me voy a vivir con extraños! Mi propia gente me deja pasar hambre.
Tomó sus armas y partió todavía enojado.
Después de andar un trecho vio a un anciano que sacaba miel de los nidos de abejas. Desde lejos parecía estar mirándolo. Al acercarse, Wurrunnah descubrió que no tenía ojos.
Se asustó, pero siguió adelante sin mostrarlo. El anciano dijo llamarse Mooroonumildah: los suyos llevaban ese nombre porque no tenían ojos y veían por la nariz. Le dio miel en un recipiente de corteza y lo invitó a quedarse en su campamento.
Wurrunnah aceptó la miel y caminó hacia donde le había indicado. Pero cuando quedó fuera de su vista, cambió de rumbo. Todavía tenía miedo.
Al llegar a una laguna grande bebió largamente y se acostó a dormir. Por la mañana, en lugar del agua había una llanura. Se frotó los ojos. Había bebido de esa laguna; ¿cómo podía no estar?
Mientras pensaba en aquel país extraño vio acercarse una tormenta. Entró en el monte para buscar refugio y encontró muchas planchas de corteza cortada. Preparó unos postes para hacer un cobertizo. Pero al levantar una plancha apareció debajo un ser que no se parecía a nadie conocido.
—¡Soy Bulgahnunnoo! —gritó con una voz aterradora.
Wurrunnah soltó la corteza, recogió sus armas y corrió, olvidado de la tormenta.
Llegó hasta un gran río que lo rodeaba por tres lados. No podía cruzarlo, de modo que giró en otra dirección. Entonces vio venir emúes a beber: la mitad tenía plumas; la otra mitad conservaba la forma, pero estaba desnuda.
Se subió a un árbol para que no lo vieran, eligió uno de los que no tenían plumas y lo mató de un lanzazo. Bajó para recogerlo. Pero al acercarse vio personas donde había visto aves. Rodeaban a su compañero muerto y hacían gestos de venganza.
Wurrunnah pensó que explicar su error no lo salvaría. Echó a correr otra vez, tan pendiente de lo que dejaba atrás que casi entró en un campamento sin advertirlo.
Allí había siete jóvenes. Se sorprendieron al verlo, pero cuando supieron que estaba solo y tenía hambre le dieron comida y lo dejaron pasar la noche. Le contaron que se llamaban Meamei y que su gente vivía lejos. Habían venido a conocer esas tierras y pensaban regresar.
Al día siguiente Wurrunnah se despidió. Sin embargo, se escondió cerca. Estaba cansado de viajar solo y decidió capturar una esposa entre aquellas hermanas.
Las vio salir con sus palos de cavar y las siguió sin mostrarse. Ellas excavaron alrededor de unos hormigueros de hormigas aladas. Cuando consiguieron lo que buscaban, dejaron los palos a un lado y se sentaron a comer.
Wurrunnah se acercó en secreto y robó dos palos. Al terminar, cinco hermanas encontraron los suyos y emprendieron el regreso. Las otras dos se quedaron buscando.
Cuando le dieron la espalda, Wurrunnah clavó los palos robados en el suelo y volvió a ocultarse. Las jóvenes los vieron y corrieron a sacarlos. Mientras tiraban de ellos, él saltó de su escondite y las sujetó por la cintura.
Gritaron y lucharon. No había nadie cerca que pudiera oírlas, y él las apretaba cada vez más. Cuando dejaron de resistirse, les dijo que estaba solo y quería dos esposas. Prometió cuidarlas si lo obedecían; si no, las golpearía con su arma.
Comprendiendo que no podían soltarse, caminaron con él. Le advirtieron que su gente vendría a buscarlas. Wurrunnah apuró el paso y las llevó cada vez más lejos.
Pasaron semanas. Por fuera parecían haberse acostumbrado, pero cuando estaban solas hablaban de sus hermanas. Se preguntaban si seguirían buscándolas o habrían vuelto para pedir ayuda. Nunca creyeron que fueran a olvidarlas.
Un día el fuego ardía mal. Wurrunnah les ordenó traer corteza de dos pinos.
—No debemos cortar esos árboles —le respondieron—. Si vamos, no volverás a vernos.
Él insistió. Ellas repitieron la advertencia. Wurrunnah amenazó con perseguirlas y golpearlas si escapaban y les ordenó dejar de hablar.
Cada hermana fue a un pino con su hacha. Al primer golpe, el árbol empezó a elevarse desde el suelo, llevándola consigo.
Como no oía más golpes, Wurrunnah se acercó. Vio crecer los pinos y, cada vez más arriba, a las jóvenes aferradas a los troncos. Les gritó que bajaran. Ellas no contestaron.
Los árboles siguieron creciendo hasta tocar el cielo. Allí aparecieron las otras cinco Meamei, llamando a sus hermanas para que no tuvieran miedo. Las dos treparon hacia esas voces. Desde arriba, cinco pares de manos se extendieron y las ayudaron a entrar.
Las siete se quedaron juntas en el cielo. Se las puede ver allí: son las Meamei, conocidas también como las Pléyades.



