Weedah había construido más de veinte refugios de pasto. Encendía un fuego frente a cada uno para que parecieran habitados. Después corría de un refugio a otro, cambiando de voz: lloraba como un bebé, se reía como un chico, cantaba como una joven, imitaba a un hombre bailando y a personas ancianas que llamaban.
Lo hacía tan rápido que cualquiera habría creído que allí vivía mucha gente. Pero Weedah estaba solo. Quería atraer visitantes de a uno, matarlos y quedarse poco a poco con el territorio de los alrededores.
Algún cazador, separado de sus compañeros, oía las voces al volver a casa. Se acercaba por curiosidad y encontraba únicamente a Weedah junto a un gran fuego.
—¿Dónde están los demás? —preguntaba.
—Acá vivo yo solo.
El visitante miraba las chozas, desconcertado. Weedah le decía que había confundido el viento en los árboles con llantos infantiles y el grito de un ave con risas de mujeres. Mientras hablaba, lo iba llevando hacia las llamas.
—Al atardecer, cuando uno anda solo, imagina cosas. Mirá bien: no hay nadie más.
Cuando estaban cerca del fuego, lo sujetaba y lo arrojaba adentro.
Esto ocurrió una vez y otra, hasta que las familias de los alrededores comenzaron a notar cuántas personas faltaban. Nadie sabía dónde desaparecían.
Cuando Beeargah no volvió, su primo Mullyan, el águila, decidió seguir sus huellas. Las encontró desde la cacería del canguro hasta el lugar donde había matado a su presa, y después siguió el camino de regreso. Cruzó suelo pedregoso, arena, llanuras y monte.
Entre los árboles oyó voces: bebés, mujeres, hombres. Las huellas de su primo llevaban hacia ellas, hasta el campamento de Weedah.
—¿Dónde está la gente que escuché? —preguntó al entrar.
—No conozco a ninguna gente. Vivo solo.
Mullyan insistió. Weedah le propuso desconfiar de sus propios oídos o de sus ojos: bastaba mirar para comprobar que no había nadie más.
Pero Mullyan había visto otra cosa.
—Hay muchas huellas que entran a este campamento y ninguna que salga. ¿Qué hiciste con mi primo y con mis amigos? Si sólo vos vivís acá, sólo vos podés responder.
Weedah le dijo que preguntara al viento, a Bahloo, la Luna, o a Yhi, el Sol. Él no sabía nada. Mientras daba esas respuestas, lo empujaba cada vez más cerca del fuego.
Mullyan miró las llamas delante de él y las huellas detrás. Comprendió. Sin mostrarlo, dejó que Weedah siguiera creyendo que caía en la trampa.
Apenas llegaron al borde, se adelantó: agarró a Weedah con fuerza.
—Lo que hiciste con mi primo y mis amigos, ahora lo hago con vos.
Lo arrojó al centro del fuego y regresó de prisa para contar a los demás lo que había descubierto.
Ya lejos oyó un estallido como un trueno. Era la parte de atrás de la cabeza de Weedah, que había reventado. De sus restos salió un pájaro, el ave imitadora Weedah. El relato dice que todavía lleva una abertura en ese lugar de la cabeza.
Weedah sigue preparando espacios de juego entre la hierba y corriendo por ellos mientras reproduce, una tras otra, las voces que ha oído: llantos, risas, maullidos y ladridos. Por eso se lo conoce como el ave imitadora.



