Mullyan, el águila, había construido su casa en lo alto de un árbol yaraan. Vivía apartado con su esposa Moodai, su suegra, que también se llamaba Moodai, y Buttergah, una amiga de su esposa perteneciente al grupo de las ardillas voladoras.
Mullyan comía carne humana. Por eso se había alejado de los demás. Salía con una lanza cuatro veces mayor que las habituales y buscaba a alguien que cazara solo. Lo mataba y llevaba el cuerpo hasta su casa. Las mujeres lo cocinaban y los cuatro comían.
Desaparecieron tantas personas que sus amigos decidieron averiguar qué ocurría. Siguieron el rastro del último ausente hasta el lugar donde había sido asesinado. Desde allí encontraron las huellas de quien lo había llevado y llegaron al pie del yaraan.
Intentaron trepar, pero el tronco era demasiado alto y recto. Después de muchos esfuerzos buscaron ayuda entre los Bibbee, conocidos por su habilidad para escalar. Uno de ellos llegó con su amigo Murrawondah, de las ratas trepadoras.
Los dos empezaron a subir. La luz de aquella tarde sólo les alcanzó para llegar a una horqueta a mitad de camino. Pasaron la noche allí y, por la mañana, esperaron a que Mullyan saliera. Entonces continuaron hasta la casa.
Aprovecharon un descuido para entrar y esconder un palo encendido, que ardía lentamente, en un extremo del refugio. Bajaron sin que las mujeres los vieran.
Durante el día, ellas oyeron algunos crujidos de fuego. Miraron alrededor, pero no encontraron nada. Como su propia fogata estaba controlada, pensaron que habría caído un poco de hierba entre las brasas.
Bibbee y Murrawondah contaron a los demás lo que habían hecho. Todos se apartaron para observar: temían que el árbol cayera al quemarse. Celebraban haber encontrado un modo de detener a Mullyan y elogiaban a los escaladores.
Después del mediodía, Mullyan volvió de una larga caminata con poca caza. Dejó su gran lanza en la entrada y se acostó. Apenas se acomodó, la oyó caer. Se levantó, la puso en su sitio y volvió a descansar.
La lanza cayó otra vez. La acomodó de nuevo. Cuando regresaba a su lugar, una llama salió del extremo de la casa.
Llamó a las tres mujeres, que estaban cocinando, y todos intentaron apagarla. Pero el fuego creció. Mullyan perdió un brazo entre las llamas; las dos Moodai sufrieron quemaduras en los pies y Buttergah también quedó gravemente herida.
Cuando comprendieron que no podían salvar el refugio, intentaron bajar. Era demasiado tarde: el techo se derrumbó sobre ellos.
Al terminar el incendio, los de abajo sólo encontraron sus huesos quemados. Sin embargo, el relato cuenta que Mullyan vive en el cielo como Mullyangah, la estrella de la mañana. A un lado tiene una estrella pequeña, que es su único brazo; al otro, una mayor, que es Moodai, su esposa.



