Gooloo, la urraca, era una anciana que había juntado muchas semillas doonburr cuando el pasto estaba cargado. Las guardaba enteras y molía las que necesitaba sobre una piedra plana, el dayoorl. Con esa harina preparaba durrie, una torta de semillas.
Cerca de su lugar se instaló un grupo de familias. Un día, cuando los hombres salieron a cazar, Gooloo fue a conversar con las mujeres.
—¿Por qué se quedan esperando con hambre? Hay nidos de abejas llenos de miel y frutos maduros por todas partes. Salgan a recogerlos. Yo cuidaré a sus pequeños Wahroogahs.
Las mujeres pensaron que era una buena idea buscar comida, pero dijeron que llevarían a sus hijos.
Gooloo insistió:
—Los que caminan se van a cansar, y ustedes tendrán que cargar a los demás. Lleven vacías sus bolsas y canastas: así podrán traer más. Miren, acá tengo una torta recién hecha. Les daré de comer a los chicos y prepararé otra. Vuelvan a tiempo para encender los fuegos y cocinar lo que traigan sus maridos.
Los niños ya se acercaban a ella atraídos por la comida. Al fin las mujeres aceptaron. Salieron con sus recipientes, sus hachas y sus palos de cavar.
Gooloo reunió a los pequeños y los alimentó con durrie caliente, miel y frutos que había enterrado para madurarlos. Cuando terminaron, los llevó de prisa hasta su verdadera casa, dentro de un árbol hueco. Los metió allí, entró detrás y cerró todo.
Volvió a ofrecerles comida, pero ya no tenían hambre. Extrañaban a sus madres y empezaron a llorar.
Las mujeres regresaban cargadas cuando oyeron ese llanto. Aceleraron el paso, pensando en consolar a sus hijos con lo que habían conseguido. Sin embargo, al llegar no encontraron a nadie: ni niños ni Gooloo.
Al principio creyeron que estaban jugando a esconderse. Buscaron alrededor, llamaron a cada uno por su nombre y llamaron también a Gooloo. No hubo respuesta.
De tanto en tanto volvían a escuchar el llanto. Lo seguían, buscaban y buscaban, sin dar con el lugar. Al fin regresaron al campamento llorando ellas también.
Cuando llegaron los hombres, les contaron lo ocurrido. Gooloo había dicho la verdad sobre la abundancia cercana: las bolsas y las canastas estaban llenas. Pero los chicos habían desaparecido.
Los hombres se enfurecieron y acusaron a las mujeres de haber dejado a sus hijos con una desconocida. Dijeron que habían salido a cazar para alimentar a todos y que ellas no deberían haberse ido. Les ordenaron quedarse y las amenazaron con golpearlas si no encontraban a los niños.
Después recorrieron el monte durante kilómetros. Ellos también oían a veces voces infantiles que lloraban, pero tampoco hallaron rastro de los Wahroogahs.
No hubo rescate. Más allá de aquel llanto, que siguió resonando en los oídos de las madres, no apareció ninguna señal de los niños. Durante muchos días las mujeres permanecieron en el campamento, lamentando la pérdida y golpeándose la cabeza por haber escuchado a Gooloo.



