Un joven rey vivía con su esposa en un palacio. Gobernaba con cuidado y compartía con ella una vida tranquila. Si algo lo entristecía, la reina encontraba una manera de acompañarlo.
Un día llegó un derviche que decía conocer artes mágicas. El rey quiso escucharlo, y pronto ambos comenzaron a pasar mucho tiempo juntos.
Durante una cacería mataron un ciervo. Entonces el visitante le mostró su secreto: podía abandonar su propio cuerpo y entrar en el de una persona o un animal muerto. Dejó su cuerpo inmóvil, pasó al del ciervo y lo hizo levantarse. Después regresó a su forma habitual.
El rey quiso aprender. El derviche le enseñó lo necesario y lo animó a probar. Apenas el rey entró en el cuerpo del ciervo, su maestro ocupó el cuerpo real, que había quedado vacío.
Volvió al palacio con el rostro y la voz del monarca. Nadie lo detuvo. Su primera orden fue que cazaran un ciervo con unas marcas muy precisas.
El verdadero rey huyó por el bosque. Sus propios hombres lo perseguían, sin saber a quién estaban buscando. En medio de la fuga encontró un ruiseñor muerto. Abandonó el cuerpo del ciervo y entró en el del pájaro. Con sus nuevas alas pudo escapar.
Voló hasta el palacio y cantó cerca de la reina. Ella quedó encantada y mandó que lo atraparan para cuidarlo. El ruiseñor se dejó tomar. Se mostraba tranquilo cuando la reina le acariciaba las plumas, pero picoteaba al falso rey cada vez que este lo acercaba a sus manos.
Tiempo después murió un perro en el palacio. El rey vio una oportunidad: salió del cuerpo del ruiseñor y pasó al del perro.
A la mañana siguiente, la reina encontró inmóvil a su pájaro querido y empezó a llorar. El derviche quiso consolarla.
—No llores. Yo puedo devolverle la vida —le dijo.
Salió del cuerpo del rey para entrar en el del ruiseñor. En ese instante, el verdadero monarca abandonó al perro y recuperó su propia figura.
Su primer acto fue acercarse a la jaula y matar al pájaro donde había quedado encerrado el derviche.
La reina protestó, horrorizada por aquella crueldad. El rey le explicó el engaño, la persecución y los cambios de cuerpo. Pero conocer la verdad no le devolvió la alegría: el dolor de haber sido engañada fue tan grande que murió.
El rey había recuperado su lugar. La vida que compartía con su esposa, en cambio, ya no podía recuperarla.



