El joven Goolahwilleel salía todos los días a cazar. Su madre y sus hermanas esperaban que regresara con un canguro o un emú, pero siempre volvía sin carne.
—¿Qué hacés en el monte? —le preguntaban.
—Cazo.
—Entonces, ¿por qué nunca traés nada?
Él decía que no conseguía atrapar lo que perseguía. Les recordaba que lo oían gritar cuando encontraba una presa.
—Sí —respondían ellas—. Cada vez prendemos el fuego, esperando que vuelvas con comida. Y volvés sin nada.
—Mañana no las voy a decepcionar. Les traeré un canguro.
En realidad, durante sus salidas Goolahwilleel había estado juntando goma de acacia. Con esa sustancia vegetal modelaba un canguro: la cola, las orejas, todo estaba hecho con gran cuidado.
Al día siguiente se acercó al campamento cargando la figura. Desde lejos, su madre y sus hermanas creyeron ver la presa prometida.
—¡Esta vez cumplió! ¡Aviven el fuego! Esta noche comeremos carne.
Goolahwilleel dejó el modelo a cierta distancia y siguió hasta ellas sin cargar nada.
—¿Dónde está el canguro?
Señaló hacia atrás. Sus hermanas corrieron a buscarlo y volvieron confundidas.
—No lo encontramos.
Él volvió a señalar.
—Ahí sólo hay una figura enorme de goma —dijeron.
—¿Y yo dije que fuera otra cosa?
—¡Dijiste que era un canguro!
—Y es un canguro. Un hermoso canguro que hice yo solo.
Sonrió, orgulloso de su trabajo. Su madre y sus hermanas no sonrieron. Lo sujetaron y lo golpearon por haberlas engañado. Le dijeron que no volvería a salir solo: mientras ellas esperaban carne, él jugaba en vez de cazar. Desde entonces lo acompañarían siempre a buscar alimento.
Por eso, cuenta el relato, las palomas de copete Goolahwilleel van en bandadas y no solas cuando buscan comida.



