En el tercer día de la creación, las aguas cubrían toda la tierra. Dios ordenó que se reunieran para dejar aparecer el suelo seco. El príncipe del mar hizo retroceder las olas, y montañas y colinas surgieron bajo el cielo.
Después condujo el agua hacia los océanos profundos. Pero las aguas se volvieron orgullosas y quisieron cubrir otra vez el mundo. El príncipe del mar les advirtió que no desobedecieran. Ellas no escucharon.
Entonces Dios las hizo bajar y puso la arena como límite.
El mar miró aquellos granitos diminutos.
—¿Por qué tendría que temerles? ¿Cómo van a detenerme?
La arena oyó sus palabras. Los granos comenzaron a hablar entre sí.
—Es cierto que cada uno es muy pequeño —dijeron—. Si nos separamos, las olas nos llevarán con facilidad. Pero podemos permanecer juntos.
Ninguno tenía por sí solo la fuerza que necesitaban. Decidieron no pelear entre ellos ni abandonar su lugar.
—Que el ruido y la espuma no nos asusten. Prometamos ayudarnos a sostener este límite.
Dios bendijo su unión. Y así cuenta esta historia que la arena dorada, hecha de innumerables granos pequeños, consiguió hacer frente al mar orgulloso.



