El mismo día que Dios formó los árboles, hizo también el hierro y los demás metales. Los árboles miraron a su alrededor y se sintieron orgullosos de ser más altos que las otras criaturas.
—Las montañas todavía son grandes —decían—, pero nosotros vamos a seguir creciendo.
Los cedros prometían llegar hasta el cielo y extender sus raíces de un extremo al otro del mundo.
—Entonces seremos los reyes de la tierra.
Pasó por allí el Espíritu de la Humildad y los oyó.
—¿Por qué no miran lo que tienen debajo de las raíces? —preguntó con suavidad.
—No podemos ver tan abajo. Tenemos las copas muy altas.
El Espíritu se ofreció a mirar por ellos. Los árboles aceptaron.
—Veo mucho mineral de hierro —les dijo.
—¿Y qué? No nos molesta.
—Ahora no. Pero llegará un tiempo en que las personas cavarán, lo encontrarán y lo usarán para muchas cosas. Entre ellas, harán cabezas de hacha.
Los árboles preguntaron qué ocurriría entonces.
—Si consiguen madera para los mangos, podrán cortar sus troncos.
Los cedros empezaron a temblar. Su sueño de dominar el cielo se convirtió en la imagen de sus troncos caídos y su madera ardiendo.
—Tenemos miedo —confesaron.
El Espíritu respondió que aquel peligro todavía podía evitarse.
—¿Cómo?
—No permitan que su madera se convierta en los mangos de esas hachas. Sin esa ayuda, el hierro no podrá hacerles lo que temen.
Los árboles habían mirado muy alto. Ahora sabían que debían atender también a lo que nacía de ellos mismos.



