Alí Mardán salió a cazar por los bosques sobre el lago Dal, cerca de Srinagar. Debajo de un árbol encontró a una joven que lloraba. Apartó a sus acompañantes y le preguntó quién era.
—Soy sirvienta del emperador de China. Me perdí mientras paseaba por sus jardines. Estoy cansada y tengo hambre.
El rey mandó llevarla con cuidado a su palacio de verano, entre los jardines de Shalimar. Pronto se enamoró tanto que dejó de pensar en todo lo demás.
Un día pasó por allí el sirviente de un yogui. Volvía del lago sagrado Gangabal con agua para su maestro. Al ver las fuentes por encima del muro, dejó su vasija afuera y trepó para conocer el jardín. Caminó maravillado entre flores y árboles hasta dormirse bajo una sombra.
El rey lo encontró y advirtió que apretaba una cajita en la mano. Se la quitó con cuidado. Dentro había un ungüento perfumado. Al despertar, el hombre se desesperó por recuperarlo.
—Es de mi maestro. Me protege de los peligros y me permite ir y volver del lago tan rápido que nunca le falta agua sagrada.
El rey preguntó por los conocimientos del yogui. Al oír que no había nada que ignorara, decidió atraerlo al palacio.
—Decile que tengo su caja. Se la devolveré cuando venga a buscarla él mismo.
Sin el ungüento, el sirviente tardó dos años y medio en llegar a su casa. Durante todo ese tiempo, Alí Mardán siguió viviendo con la desconocida. Pero estaba pálido, inquieto y con una mirada rígida.
El yogui se enojó al enterarse de lo ocurrido. Como necesitaba la caja, fue a buscarla. El rey lo recibió con honores y se la devolvió. Entonces el visitante le preguntó por el cambio en su rostro y por la mujer que tenía en el palacio.
Alí Mardán contó cómo la había encontrado.
—No es una sirvienta de China —dijo el yogui—. Es una lamia, una serpiente de doscientos años que puede tomar forma de mujer.
El rey primero se indignó. Después aceptó hacer una prueba. Para la cena mandó preparar dos clases de khichri en un mismo plato: una mitad dulce y otra muy salada. Puso la dulce de su lado y la salada frente a ella.
La mujer comió sin quejarse, viendo que él disfrutaba de su parte. Esa noche, mientras el rey fingía dormir, sintió una sed insoportable. No había agua en el cuarto. Para salir de noche tenía que recuperar su forma de serpiente.
Alí Mardán vio la transformación y la siguió en silencio. La serpiente bebió de las fuentes y llegó al lago Dal, donde pasó horas bañándose y tomando agua.
Convencido, el rey pidió ayuda al yogui. Juntos hicieron construir un horno de cien metales distintos, con tapa, candado y cadenas que lo sujetaban al suelo. Lo instalaron en el jardín.
El rey propuso a la mujer pasar un día a solas y cocinar juntos. Encendió el horno y amasó pan, pero después fingió que no sabía seguir y le pidió a ella que lo horneara. La mujer se negó al principio: no le gustaban los hornos. Él la acusó de no quererlo si no lo ayudaba, hasta que aceptó.
Cuando se inclinó para dar vuelta los panes, el rey la empujó adentro y cerró la tapa. El horno sacudió sus cadenas mientras ella trataba de escapar. Alí Mardán y el yogui alimentaron el fuego desde las cuatro de una tarde hasta las cuatro de la siguiente. Entonces cesó todo movimiento.
Esperaron a que se enfriara. Dentro solo había cenizas y una piedra redonda que el yogui le entregó al rey: cuanto tocara con ella se convertiría en oro.
Alí Mardán no quiso conservarla. Pensó que traería envidia, luchas y asesinatos, y que ninguna vida estaba a salvo con semejante tesoro. Cuando fue a Attock, arrojó la piedra al río para que no provocara más disputas.





