Cuando el mundo era joven, Westarwan era el rey de las montañas. Su cabeza se levantaba por encima de todos los picos. En verano, las nubes se le enredaban en los hombros, mientras él seguía solo bajo el cielo azul.
Se acostumbró tanto a mirar desde arriba que se volvió orgulloso. Ni siquiera cuando se despejaba el cielo se dignaba mirar los valles. Pasaba los días mirando el sol y las noches, las estrellas.
Haramukh, Nanga Parbat y las otras montañas se indignaban. Se reunían alrededor como cortesanos ignorados y murmuraban contra él.
Solo Gwashbrari guardaba silencio. Era más baja que las demás, pero brillaba entre sus glaciares y estaba satisfecha con su belleza.
Un día, mientras una nube ocultaba a Westarwan y las quejas crecían, ella intervino:
—¿Para qué discuten? Tiene los pies en la tierra, igual que nosotros. Está hecho del mismo material. Solo tiene más cantidad.
—¡Con más razón! ¿Quién lo hizo rey? —protestaron las montañas.
—Para mí no es rey —contestó Gwashbrari—. Yo soy su reina. Antes del próximo amanecer, será mi esclavo.
Los picos soltaron carcajadas. Ella siguió serena durante todo el día. De sus laderas heladas se desprendían a veces aludes que arrastraban hasta a las cabras monteses, tan seguras en la roca.
Al atardecer, una luz rosada cubrió el mundo. La cara pálida de Gwashbrari empezó a brillar. Sus hielos, antes fríos, parecían encendidos.
Westarwan vio el resplandor hacia el este y volvió la cabeza. Por primera vez descubrió algo hermoso en aquel mundo que despreciaba. El sol bajaba y el color se hacía más intenso: parecía que Gwashbrari se ruborizaba bajo su mirada.
—¡Gwashbrari, besame o me muero! —gritó el rey.
Los valles repitieron su voz. Ella sonrió.
—¿Cómo voy a alcanzarte, siendo tan pequeña? Ni en puntas de pie llegaría a esos hombros cubiertos de nubes.
Westarwan insistió. Entonces la reina de hielo habló suavemente:
—Si me amás, incliná la cabeza. Vení a buscar el beso que no puedo llevar hasta allá arriba.
Como hechizado, el rey empezó a inclinarse, cada vez más cerca, olvidando el cielo y la tierra.
El sol se puso. El rosa desapareció de Gwashbrari y su cara volvió a quedar fría como el hielo. Las estrellas se encendieron, pero Westarwan yacía a sus pies, sin recuperar su altura ni su corona.
Por eso, cuenta la leyenda, la larga cordillera de Westarwan se extiende sobre el valle de Cachemira, con la cabeza apoyada en el corazón helado de Gwashbrari. Y cada noche la corona de estrellas sigue brillando arriba, como antes.





