Un luchador de tierras lejanas oyó hablar de otro, en la India, tan fuerte que quiso desafiarlo. Envolvió una montaña de harina en su manta, se la puso sobre la cabeza y salió de viaje.
Al atardecer llegó a una laguna del desierto. Bebió una buena parte del agua, echó la harina en lo que quedaba y preparó una papilla enorme. Se la comió toda y se acostó a dormir bajo un árbol.
Un elefante acostumbraba beber allí. Esa noche encontró apenas barro con harina, y no había otra fuente cerca. Al ver al hombre dormido comprendió lo ocurrido y, furioso, le pisoteó la cabeza.
El luchador apenas se movió.
—Si me vas a masajear, hacelo bien. Poné un poco de fuerza.
El elefante lo rodeó con la trompa para levantarlo, pero el hombre lo agarró de la cola, se lo echó al hombro y siguió viaje.
Llegó a la casa de su rival y lo llamó. Desde adentro, la esposa contestó que había ido al bosque a buscar varas.
—Cuando vuelva, dale esto. Decile que vino de lejos alguien que quiere luchar con él.
Arrojó el elefante por encima del muro. Se oyó la voz de una niña:
—¡Mamá, ese hombre me tiró un ratón en la falda!
—Sacalo con la escoba. Tu padre le enseñará modales.
Hubo ruido de barrido y el elefante, ya muerto, volvió a pasar por encima del muro. El visitante pensó que, si la hija podía hacer eso, el padre sería un rival digno.
Lo encontró en el camino arrastrando ciento sesenta carros cargados de ramas. Sin anunciarse, sujetó el último carro y tiró hacia atrás. El otro pensó que una rueda se había hundido y tiró más fuerte. Durante una hora no avanzaron un solo paso.
Al fin el dueño de los carros fue a mirar qué pasaba. El visitante lo saludó y le propuso luchar allí mismo.
—¿Sin público? No tiene gracia —respondió el otro.
Justo entonces pasó una mujer que caminaba a grandes zancadas. Le pidieron que mirara el combate.
—No puedo detenerme: mi hija quiere robarme los camellos. Pero suban a la palma de mi mano y luchen mientras camino.
Los dos subieron y empezaron a forcejear. Al ver venir a su madre con aquellas figuras en la mano, la hija creyó que traía soldados. Metió los ciento sesenta camellos en una manta y huyó con el bulto al hombro.
Uno asomó la cabeza y empezó a quejarse. Para entretenerlo, ella arrancó un par de árboles y los echó también dentro. El dueño del terreno salió gritando que era una ladrona. La joven, enojada, metió en la manta al campesino, sus campos, sus cultivos, sus bueyes y su casa.
Llegó a una ciudad y pidió dulces a un pastelero. Como él se negó, levantó la ciudad entera y se la llevó. Fue agregando cuanto encontraba, hasta llenar la manta.
Por fin halló una sandía gigantesca. La abrió, comió la pulpa y quiso dormir. Pero los camellos hacían tanto ruido que no la dejaban. Pasó todo el contenido de la manta a la mitad inferior de la cáscara, la tapó con la otra mitad y usó aquella sandía como almohada.
Mientras dormía, llegó una crecida. El agua se llevó la cáscara, que flotó largo trecho hasta encallar en un banco de barro. La tapa se abrió y salieron los camellos, los árboles, el campesino, los bueyes, la casa, la ciudad y todo lo demás.
Así quedó un mundo nuevo sobre aquel banco, en medio del río.




