Un estudioso se cansó del ruido de las visitas y buscó un lugar tranquilo para vivir. Eligió una habitación en un templo budista. Allí nadie interrumpía sus lecturas, pero tenía otro problema: entre mosquitos y pulgas, casi no podía dormir.
Una tarde, después de comer, se acostó a descansar. Entonces vio entrar a dos jinetes diminutos. No medían mucho más que un dedo y llevaban plumas en los cascos. Sus caballos eran del tamaño de saltamontes; sobre los guantes sostenían halcones tan pequeños como moscas.
Tras ellos llegó otro jinete con arco y flechas. Lo acompañaba un perro de caza del tamaño de una hormiga. Después aparecieron cientos de soldados, a pie y a caballo, con más halcones y más perros. El estudioso permaneció inmóvil, mirando por debajo de los párpados.
La habitación se convirtió en un terreno de cacería. Los halcones atrapaban los mosquitos en el aire. Los perros recorrían las costuras de la ropa de cama y olfateaban las grietas de las paredes, buscando pulgas. No dejaban escondite sin revisar.
Algunos halcones se posaron sobre el estudioso. Los perros pasaron por sus brazos y por su ropa. Él seguía fingiendo que dormía, entre el asombro y el miedo.
Entró después un hombre vestido de amarillo, con una corona. Se acomodó en un asiento vacío. Los jinetes desmontaron ante él y le mostraron las piezas que habían cazado. Todos hablaban en una lengua que el estudioso no comprendía.
Al rato acercaron un pequeño carro. El rey subió, la escolta preparó los caballos y la compañía partió con gritos de saludo. Los cascos levantaron una nubecita de polvo. En pocos momentos no quedó nadie a la vista.
El estudioso se calzó y salió a buscar rastros. No encontró ninguno. De vuelta en el cuarto revisó los rincones, hasta que vio algo sobre un ladrillo junto a la pared: habían olvidado uno de los perros.
Lo recogió con cuidado. Era manso, de pelo fino y liso, y llevaba un collar diminuto. Lo puso en su caja de pinturas para observarlo mejor. Le ofreció migas de pan, pero el perro apenas las olfateó. Enseguida saltó a la cama, encontró unos insectos entre los pliegues de la tela, se los comió y volvió a echarse.
A la mañana siguiente seguía allí, hecho un ovillo. Desde entonces, cada vez que el estudioso se acostaba, el perro recorría la cama. Mientras estaba cerca, ningún mosquito se atrevía a posarse. El hombre llegó a quererlo como a una joya.
Pero una tarde se durmió y el perrito se acomodó a su lado. Al despertar, el estudioso giró el cuerpo y se apoyó sobre un costado. Sintió algo debajo de él. Se levantó de inmediato, temiendo lo que había pasado.
El perrito había muerto, aplastado por aquel movimiento.
En la habitación ya no quedaban insectos que lo molestaran. Sobre el ladrillo, junto a la pared, faltaba el pequeño cazador.




