Mucho antes de los tiempos del antiguo gobernante Fu Xi, cuenta esta leyenda, Zhu Rong enseñó a las personas a usar el fuego para cocinar. Sus descendientes quedaron encargados de conservarlo, y él fue venerado como dios del fuego.
Los relatos lo vinculaban con el sur y con el color rojo. Decían que una estrella ardiente brillaba de manera especial cuando se acercaba un incendio, y que la llegada de muchos cuervos de fuego anunciaba peligro. Entre las historias sobre ese dios se contaba también la de un viajero.
Vivía en Sichuan, la Tierra de los Cuatro Ríos, y era muy rico. Un día preparó su carro y salió para hacer un viaje largo. Mientras avanzaba por el camino encontró a una joven vestida de rojo.
—¿Me dejás viajar con vos? —le pidió.
El hombre hizo lugar y la ayudó a subir. Siguieron juntos durante medio día. Él se ocupó de conducir y no se volvió para mirarla.
Por fin, la joven dijo que había llegado el momento de bajar. Antes de despedirse, se acercó al viajero.
—Me trataste con respeto. Por eso voy a decirte quién soy: soy el dios del fuego. Mañana habrá un incendio en tu casa. Volvé enseguida y poné a salvo lo que puedas.
El hombre se asustó. Dio vuelta los caballos y regresó por el mismo camino, tan rápido como pudo. Ya no pensaba en el destino al que había querido llegar.
Cuando estuvo en su casa comenzó a sacar sus pertenencias. Retiró las ropas, las joyas y todos los objetos valiosos que podía transportar. Los llevó fuera del edificio, lejos de los cuartos donde los guardaba.
Más tarde, cuando se disponía a acostarse, el fuego empezó en el hogar de la casa. No pudieron apagarlo. Las llamas siguieron creciendo hasta que el edificio entero se derrumbó y quedó reducido a cenizas.
El hombre había perdido la casa. Pero las cosas que había sacado gracias a la advertencia de la viajera estaban a salvo.



