Un campesino trabajaba de sol a sol y siempre terminaba pobre, mientras el prestamista al que debía dinero se enriquecía. Un día, cuando ya no le quedaba nada, fue a verlo.
—No podés sacarle agua a una piedra. Ahora que no tengo nada más para darte, por lo menos contame cómo se consigue riqueza.
—La riqueza viene de Ram. Pedísela a él —respondió el prestamista con aire piadoso.
El campesino se tomó el consejo en serio. Preparó tres tortas de pan para el viaje y salió a buscar a Ram.
Encontró primero a un brahmán. Le dio una torta y preguntó el camino, pero el hombre siguió sin responder. Después encontró a un yogui, que aceptó otra torta y tampoco lo ayudó.
Al fin vio a un pobre sentado bajo un árbol. Como tenía hambre, el campesino le dio su última torta y se sentó a descansar con él.
—¿Adónde vas? —preguntó el desconocido.
—A buscar a Ram. ¿Sabés por dónde tengo que ir?
—Tal vez pueda ayudarte. Yo soy Ram.
El campesino le contó sus desgracias. Ram se compadeció y le regaló una caracola. Le enseñó a soplarla de una manera especial: así se cumpliría lo que pidiera. También le advirtió que tuviera cuidado con el prestamista.
El hombre volvió tan contento que su vecino sospechó una buena fortuna. Fue a felicitarlo fingiendo que ya sabía todo y consiguió que le contara la historia. El campesino reveló casi todo, pero guardó para sí la manera de soplar.
El prestamista esperó una oportunidad y robó la caracola. Probó soplar de todas las formas que se le ocurrieron, sin obtener nada. Entonces volvió a negociar.
—Yo la tengo, pero no puedo usarla. Vos sabés usarla, pero no la tenés. Te la devuelvo y te dejo tranquilo si aceptás que por cada cosa que consigas yo reciba el doble.
El campesino protestó: aquello se parecía demasiado a su antigua situación. Sin embargo, no pudo recuperar el regalo de otro modo y aceptó.
Desde entonces, cada deseo suyo enriquecía dos veces al prestamista. Aunque tenía lo que necesitaba, no conseguía disfrutarlo. Pensaba día y noche en la ventaja del vecino.
Llegó una sequía. Sus cultivos se marchitaban, de modo que sopló y pidió un pozo para regarlos. El pozo apareció. En el terreno del prestamista aparecieron dos.
El campesino no soportó verlos. Pensó largamente hasta que tomó la caracola y formuló otro deseo:
—Ram, quiero quedar ciego de un ojo.
Perdió la vista de ese ojo en el acto. El prestamista, que recibía el doble, perdió la de los dos. Al intentar caminar entre sus pozos, cayó en uno y se ahogó.
Por una vez el campesino había vencido al prestamista. Para conseguirlo, había perdido un ojo.




