Un hombre había muerto dejando sus bienes. Utati-Mboka, Gorrión, y Koho, Loro, se presentaron para reclamar la herencia. Cada uno creía tener una razón suficiente.
Gorrión habló primero:
—Viví en el mismo poblado que ese hombre durante toda su vida. Si él se mudaba, yo también me mudaba. Nos interesaban las mismas cosas. Donde él se instalaba, allí estaba yo, en la calle. Compartimos nuestros días.
Después habló Koho. No apoyó su reclamo en haber seguido al hombre, sino en haber hecho posible su riqueza.
—Yo nací en la copa de un árbol —dijo—. Ese hombre me atrapó y me llevó a vivir con él. Cuando me crecieron las plumas de la cola, él y los suyos me las quitaron. Con ellas hicieron un hermoso adorno para la cabeza.
Los demás escucharon mientras Koho seguía contando.
—Vendieron ese adorno por una gran cantidad de bienes. Con esos bienes compraron una esposa. Ella tuvo hijas, y esas hijas fueron vendidas en matrimonios por mucho dinero. Después sus hijos también tuvieron hijos. Así siguió creciendo la familia y la riqueza que ahora ustedes ven.
Koho volvió al comienzo de la cadena:
—Todo salió de mis plumas. Por eso digo que yo fui el origen de esos bienes y de las mujeres que ellos contaron como parte de su fortuna. Sin mí, esa riqueza no habría empezado.
La gente encargada de decidir escuchó los dos reclamos. Finalmente dio su respuesta:
—Koho fue el origen de todo eso.
Y permitió que Loro recibiera la herencia.



