Un campesino apenas había abierto el primer surco cuando se le acercó un tigre.
—Buen día, amigo. La Providencia me mandó a comer tus dos bueyes. Desatalos, por favor.
El hombre tembló, pero contestó con cortesía:
—A mí me mandó a arar. Sin bueyes no puedo hacerlo. ¿No será que entendiste mal?
El tigre no quiso discutir y empezó a afilarse las garras. El campesino le rogó que dejara a los animales y ofreció una vaca lechera que tenían en casa. El tigre aceptó esperar.
Cuando el hombre regresó con los bueyes y contó lo sucedido, su esposa se indignó.
—¿Y la leche de los chicos? ¿Y la manteca para cocinar?
Él respondió que sin arar tampoco habría trigo ni pan. Discutieron hasta que la mujer decidió buscar una salida.
—Volvé y decile que la vaca no quiso caminar con vos, que yo la estoy llevando.
El campesino obedeció, aunque le aterraba volver sin comida. Mientras tanto, su esposa ensilló el pony, se puso la mejor ropa del marido y se ató un turbante bien alto. Cabalgó hacia el campo con grandes gestos y voz potente.
—¡Ojalá encuentre un tigre por acá! Desde ayer no pruebo carne de tigre. ¡Ayer comí tres para el desayuno!
El animal vio acercarse a aquel jinete y huyó. Casi atropelló al chacal que solía acompañarlo para comer sus sobras.
—¿Adónde vas tan apurado? —preguntó el chacal.
—¡Hay un jinete que desayuna tres tigres!
El chacal se rio.
—Es la esposa del campesino disfrazada. Si te hubieras fijado, habrías visto la trenza detrás.
El tigre no estaba convencido. Sospechó que podían haber pagado al chacal para entregarlo.
—Vamos juntos —propuso su compañero.
—Después podés salir corriendo y dejarme ahí.
—Entonces atémonos las colas. No voy a poder abandonarte.
Hicieron un nudo firme y regresaron al campo. El campesino quiso escapar apenas los vio, pero su mujer le pidió silencio. Esperó a que estuvieran cerca y saludó:
—¡Qué amable, señor Chacal! ¡Me trajiste un tigre bien gordo! Enseguida termino mi parte y te dejo los huesos.
El tigre creyó confirmada la traición. Olvidó el nudo y salió disparado, arrastrando al chacal entre piedras y espinas. Cuanto más gritaba su compañero, más se asustaba él y más rápido corría.
Atravesó campos y colinas hasta quedar casi sin fuerzas. Cuando por fin se detuvo, el chacal había muerto de los golpes del camino.





