La yaguareté le pidió al gato que le enseñara a saltar. Él aceptó enseguida y le mostró cómo hacerlo.
Tiempo después fueron juntos a la fuente para beber. En el camino hicieron una apuesta: querían ver cuál de los dos saltaba más.
Al llegar encontraron a un calango, un pequeño lagarto.
—Veamos quién lo alcanza de un solo salto —propuso la yaguareté.
—Vamos —aceptó el gato.
—Pero vos primero.
El gato saltó sobre el lagarto. En ese mismo instante, la yaguareté se lanzó sobre el gato.
Él dio un salto de costado y escapó. La yaguareté quedó desconcertada.
—¿Así me enseñaste? ¡Empezaste las lecciones y no las terminaste!
El gato respondió:
—Los maestros no les enseñan todo a sus aprendices.




