Un mercader de joyas viajaba siempre con su único hijo. Ya era mayor, y el muchacho no quería que afrontara solo los caminos y los mares, donde abundaban los ladrones.
Una vez embarcaron con una caja llena de perlas y diamantes. La instalaron en su camarote y acordaron turnarse para vigilarla. Pero un tripulante había entrado, encontrado la llave en la cerradura y mirado el contenido.
El mercader pasó cerca cuando aquel hombre hablaba con los otros seis marineros.
—Tenemos la oportunidad de hacernos ricos —les decía—. Mañana, lejos de la costa, uno de ustedes llevará al viejo hasta la borda con cualquier conversación. Yo pasaré corriendo, lo empujaré como si fuera un accidente y caerá al agua. Mientras el hijo llora por él, otro sacará las joyas del camarote.
Los demás preguntaron cómo repartirían el botín.
—En siete partes iguales. Nos alcanzará para dejar el mar.
Todos aceptaron. El mercader se alejó sin que lo vieran. Agradeció a Dios haber escuchado a tiempo, caminó pensando y finalmente buscó a su hijo.
—Descubrí que quieren matarme y robarnos. Necesito que hagas exactamente lo que voy a decirte.
El joven prometió escuchar. Su padre le explicó que debían fingir una pelea en cubierta. El muchacho lo insultaría, él lo reprendería y terminaría pegándole. El hijo levantaría una mano como si fuera a devolver el golpe. Cuando toda la tripulación estuviera mirando, el padre iría a buscar la caja.
—Les diré que prefiero ser pobre antes que dejarte heredar después de semejante conducta. Voy a abrir la tapa para que vean las joyas y la tiraré al mar.
—¿De verdad vas a tirar todo?
—De verdad.
—Pero nos vamos a quedar sin nada.
—Prefiero que vivamos pobres a que esa riqueza me cueste la vida.
El joven aceptó. Salieron a cubierta y comenzaron a discutir. Cada vez hablaban más alto. Los marineros se reunieron para mirar; cuando llegó el golpe, ninguno advirtió que todo estaba acordado.
El padre corrió al camarote y regresó arrastrando la caja. Los tripulantes no podían apartar los ojos. Algunos esperaban que, en su furia, desparramara las joyas por cubierta y pudieran recogerlas.
Pero el mercader gritó su decisión, levantó la tapa para mostrar el tesoro y arrojó la caja entera por la borda. Perlas, diamantes y todas sus ganancias desaparecieron en el agua.
El resto del viaje transcurrió sin amenazas. Ya no había un tesoro que robar, y los marineros no tenían motivo para ejecutar su plan.
Apenas llegaron al puerto, padre e hijo fueron ante los magistrados. Denunciaron a la tripulación, y la policía subió al barco para detenerla.
Durante el juicio, el mercader dijo que quedaría satisfecho si le devolvían el valor de las joyas que había sacrificado para salvarse. Los magistrados aceptaron y ordenaron a los siete hombres pagar esa suma. Ellos consiguieron reunirla. Así, el mercader conservó la vida y recuperó también su fortuna.



