Antes de salir de Bagdad hacia La Meca, Ali Cogia tuvo que resolver dónde dejar mil monedas de oro. Quería llevar mercaderías para comerciar durante el viaje, pero prefería que sus ahorros lo esperaran en casa.
Eligió una vasija grande, puso el oro en el fondo y la llenó de aceitunas. Después se la llevó a un amigo.
—¿Me guardás esta vasija hasta que vuelva?
El amigo le dio la llave de su depósito y lo dejó elegir un rincón. Ali Cogia la acomodó, cerró la puerta y partió tranquilo.
La peregrinación terminó, pero el viaje continuó. Unos comerciantes le recomendaron vender en El Cairo; después surgieron negocios en Damasco, Persia y la India. Entre una ciudad y otra pasaron siete años.
Una noche, la esposa del amigo comentó que tenía ganas de comer aceitunas. Él recordó la vasija olvidada.
—Ali Cogia debe de haber muerto. Podemos abrirla.
Su mujer se opuso. Nadie les había dado permiso, y la ausencia de noticias no demostraba nada. Él fue igualmente al depósito. Las aceitunas de arriba estaban podridas; al volcarlas para mirar las de abajo, descubrió el oro.
Volvió a tapar la vasija. Durante toda la noche pensó en aquellas monedas. Al amanecer compró aceitunas nuevas, tiró las viejas, escondió el dinero y rellenó el recipiente.
Un mes después regresó Ali Cogia. Su amigo lo abrazó y le dio la misma llave. Todo parecía estar en su lugar. Pero al abrir la vasija en la posada, Ali Cogia no encontró una sola moneda.
Corrió a hablar con él. Incluso le ofreció tiempo para devolver el dinero, por si lo había usado en algún negocio. El amigo negó saber de qué hablaba.
La discusión llegó ante el cadí, el juez de la ciudad. Como Ali Cogia no tenía testigos, el juez aceptó el juramento del otro comerciante y lo declaró inocente. Ali Cogia pidió entonces que lo escuchara el califa Harún al-Rashid.
La noche anterior a la audiencia, el califa salió disfrazado a recorrer Bagdad con sus acompañantes. En un patio encontró a varios chicos jugando. Habían oído hablar del caso y estaban representando el juicio.
El chico que hacía de juez escuchó a los dos litigantes. Cuando el acusado quiso jurar, lo interrumpió.
—Primero traigan la vasija.
Uno de los chicos fingió llevarla. El juez imaginario probó una aceituna también imaginaria y frunció el ceño.
—Está demasiado buena para tener siete años. Llamen a quienes venden aceitunas.
Otros dos chicos representaron a los comerciantes y dijeron que eran aceitunas de la cosecha reciente. El pequeño juez dio por descubierto el robo. El califa, que había visto todo desde la oscuridad, decidió que al día siguiente el muchacho estaría a su lado.
Por la mañana lo llevaron al palacio. Al principio estaba asustado, pero el califa le explicó que quería escuchar sus preguntas. Comparecieron Ali Cogia, su amigo, el cadí y dos vendedores de aceitunas. Esta vez también estaba la vasija verdadera.
El muchacho pidió que la abrieran. Los vendedores examinaron el contenido y coincidieron: aquellas aceitunas eran del año. No podían ser las que Ali Cogia había dejado siete años atrás.
El acusado intentó defenderse, pero su afirmación de que nadie había tocado la vasija ya no se sostenía. El chico miró al califa.
—Ahora no estamos jugando. La sentencia te corresponde a vos.
El gobernante ordenó ejecutar al ladrón. Antes de morir, el hombre confesó y reveló dónde había escondido el dinero de Ali Cogia. El oro pudo recuperarse.
El cadí recibió una reprimenda por no haber examinado la prueba. El muchacho volvió a su casa con cien monedas como recompensa. Había hecho la pregunta que los mayores, ocupados en escuchar juramentos, habían pasado por alto.



