El Creador tenía tres servidores diligentes: dos jóvenes llamadas Videvik y Ämarik, y un muchacho esbelto llamado Koit. Los tres cumplían sus encargos y atendían los trabajos que les confiaba.
Una tarde, al ponerse el sol, Videvik regresó de arar con sus bueyes. Los condujo al río para que bebieran. Mientras los animales bajaban la cabeza, ella se acercó a la orilla y miró el agua. Desde abajo la miraron sus propios ojos castaños y sus mejillas encendidas. Contempló aquel rostro con alegría, y por un momento se olvidó de los bueyes.
La Luna debía ocupar el lugar que dejaba el Sol y alumbrar la tierra. Pero vio a Videvik junto al río, olvidó también su obligación y descendió hasta ella. Allí se quedaron, boca con boca, abrazados junto al agua.
Mientras la Luna descansaba sobre el corazón de Videvik, su luz se apagó. Una oscuridad espesa cubrió el mundo. El lobo aprovechó que ningún ojo podía verlo: salió del bosque, atacó a uno de los bueyes y lo despedazó. Desde la espesura oscura, el ruiseñor cantaba con insistencia: «¡Muchacha ociosa, muchacha ociosa, larga es la noche! ¡Rayas negras para el yugo, para el yugo! ¡Traigan el látigo, el látigo, el látigo!» Pero Videvik no oyó nada. En aquel momento había olvidado todo lo que no fuera su amor.
A la mañana siguiente, cuando Koit se levantó de su lecho, Videvik salió por fin de aquel sueño amoroso. Vio lo que había hecho el lobo y empezó a llorar amargamente. El Creador vio sus lágrimas desde el cielo y descendió para castigar al responsable de la matanza.
Al lobo le impuso una pena severa: lo unció junto al buey en lo alto del cielo. Desde entonces debían sacar agua para siempre, bajo la vara de hierro de la Estrella Polar. Luego habló con Videvik.
—La Luna te ha tocado con la luz de su belleza y te ha pedido amor. Voy a perdonarte. Si lo querés de corazón, no impediré que se casen. Pero de vos espero vigilancia: cuidá que la Luna empiece su recorrido a la hora debida. Que nunca más caiga sobre la tierra esa oscuridad profunda en la que las fuerzas del mal pueden actuar a su gusto. Goberná la noche y procurá que transcurra en paz.
Así Videvik se convirtió en esposa de la Luna. Su rostro amable sigue sonriendo desde arriba y reflejándose en el río donde conoció el amor de su compañero.
Después, el Creador llamó a Koit y a Ämarik.
—Quiero evitar otro descuido con la luz del mundo —les dijo—. No debe volver a dominar la oscuridad. Habrá dos guardianes que se ocupen de que todo siga su curso. La Luna y Videvik iluminarán la noche a su debido tiempo. A ustedes les confío la luz del día bajo el firmamento. Cumplan su tarea con cuidado.
Se volvió primero hacia Ämarik.
—Hija mía, recibirás al Sol cuando descienda hasta el horizonte. Todas las tardes apagarás sus chispas, una por una, para que ninguna cause daño. Después lo acompañarás hasta su ocaso.
Y a Koit le dijo:
—Hijo mío, cuando llegue la hora de empezar un nuevo recorrido, vos recibirás al Sol de manos de Ämarik. Encenderás en él una luz nueva, para que nunca falte su resplandor.
Los dos hicieron su trabajo con tanta atención que no hubo un solo día en que el Sol faltara del cielo. Así llegó la época de las largas noches de verano. Entonces, al pasarse la luz, Koit y Ämarik juntaban las manos; sus corazones latían cerca y sus labios se encontraban en un beso. En el bosque, cada pájaro entonaba su canción. Se abrían las flores, crecían los árboles y todo el mundo parecía celebrar aquel encuentro.
Por esos días, el Creador descendió de su trono de oro para celebrar en la tierra la fiesta de Lijon. Vio que sus obras y sus asuntos estaban bien atendidos, y se alegró. Llamó a los dos guardianes.
—Estoy contento con su trabajo y quiero que su felicidad dure —les dijo—. De ahora en adelante, sean marido y mujer.
Pero los dos respondieron a la vez:
—Padre, dejá que disfrutemos de nuestra felicidad así como está. Estamos contentos con nuestra suerte. Queremos seguir siendo enamorado y enamorada: de esa manera, lo que sentimos permanece siempre joven y nuevo.
El Creador les concedió lo que pedían. Después volvió a su cielo dorado, y Koit y Ämarik siguieron encontrándose en el instante en que una luz pasa de unas manos a otras.








