Hace muchos años, al terminar una tarde serena de verano, una joven fue a bañarse cerca del puente de Vaskjala. El calor del día todavía se sentía sobre la tierra, y quería refrescarse en el agua. El cielo estaba despejado. Desde los alisos cercanos llegaba el canto de un ruiseñor.
La Luna ascendió a su pabellón celeste y miró hacia abajo con benevolencia. Su luz se detuvo en la corona de la muchacha, en el pelo dorado y en las mejillas rosadas. La historia decía que el corazón de aquella joven era piadoso e inocente, transparente hasta el fondo como el agua de un manantial.
De pronto, la muchacha sintió que el corazón le latía más rápido. Una añoranza desconocida se apoderó de ella. Ya no podía apartar los ojos del rostro de la Luna. Según contaba esta leyenda, su bondad y su pureza habían despertado el amor de aquel ser celeste, que quería concederle lo que más deseaba.
Ella guardaba un solo anhelo. Quería dejar el mundo de la tierra y vivir para siempre en lo alto, junto a la Luna. No se atrevía a decirlo; tampoco se animaba a pedir que se cumpliera. Sin embargo, la Luna conocía el pensamiento que la muchacha mantenía en silencio.
Volvió a llegar una tarde hermosa. El aire estaba tranquilo y el ruiseñor cantaba otra vez. La Luna se asomó al agua profunda junto al puente de Vaskjala. Pero esta vez no miraba sola: a su lado se reflejaba el rostro de la joven.
Desde entonces, decía el relato, ese rostro puede verse en la Luna. La muchacha vive allí arriba, contenta con su nueva vida. Solo tiene un deseo pendiente: que otras jóvenes de la tierra compartan aquella felicidad.
En las noches claras, sus ojos amables buscan a sus hermanas mortales. Quiere invitarlas como huéspedes. Pero el relato les exige una pureza perfecta, igual a la que atribuye a la doncella del puente, y afirma que ninguna alcanza esa condición. Ninguna puede subir a hacerle compañía.
A veces la espera la entristece tanto que cubre su rostro con un velo negro. No deja, sin embargo, de tener esperanza. Piensa que algún día aparecerá una joven lo bastante piadosa e inocente para que la Luna la llame a vivir junto a ella.
Entonces vuelve a descubrirse. Mira hacia la tierra con los ojos risueños, como aquella primera tarde feliz en que contempló desde el cielo el puente de Vaskjala. Su esperanza crece, y el rostro vuelve a iluminar la noche.
Pero incluso las muchachas que la leyenda considera mejores y más sabias se equivocan, se apartan de un camino o toman otro. Bajo aquella exigencia, ninguna resulta merecedora de acompañarla. La doncella vuelve a sentir tristeza, aparta de nosotros la cara y se cubre una vez más con su velo oscuro.




