Poco después de que el mundo fuera creado, Dios puso a todas las aves del cielo bajo el cuidado de una muchacha. Se llamaba Lindu y era hija de Uko. Conocía los caminos de las aves viajeras: sabía de dónde llegaban en primavera y adónde debían ir cuando avanzaba el otoño. A cada una le señalaba dónde vivir, y las ayudaba siempre que podía, con el mismo cuidado que una madre dedica a sus hijos. En medio de aquella tarea brillaba como una flor cubierta de rocío al recibir el sol de la mañana.
Quienes la veían la querían, y los pretendientes empezaron a llegar a su puerta. El primero fue la Estrella Polar: apareció en un carruaje espléndido, tirado por seis caballos castaños, y le ofreció diez regalos. Lindu no se dejó convencer.
—Vos tenés que quedarte siempre en tu puesto —le dijo—. No podés moverte de ahí.
Después llegó la Luna, en un coche de plata arrastrado por diez caballos castaños. Traía veinte regalos. Tampoco consiguió lo que buscaba.
—Cambiás demasiado —respondió Lindu—, pero, aun así, recorrés una y otra vez el mismo camino. Eso no me gusta.
La Luna se retiró entristecida. Apenas se había ido cuando apareció el Sol: su coche era de oro y veinte caballos rojizos, relucientes como el metal, tiraban de él. Traía treinta regalos. Ni aquella riqueza ni aquel resplandor cambiaron la decisión de la muchacha.
—No quiero casarme con vos. Cada día repetís el mismo recorrido, igual que la Luna.
Por fin, desde el extremo septentrional de la noche, llegó la Aurora Boreal. Viajaba en un coche de diamantes, tirado por mil caballos blancos. Su entrada fue tan deslumbrante que Lindu salió a la puerta para recibirlo. Sus acompañantes llevaron a la casa un coche entero cargado de oro, plata, perlas y joyas. Esta vez, tanto el visitante como sus regalos le gustaron.
—Vos no seguís siempre el mismo camino —le dijo—. Salís cuando querés y descansás cuando te parece. Cada vez que aparecés traés un resplandor diferente: otra ropa, otro coche, otros caballos. Con alegría puedo recibirte como prometido.
Celebraron el compromiso con una fiesta magnífica. El Sol, la Luna y la Estrella Polar miraban desde lejos, tristes y envidiosos de la suerte de la Aurora. Pero el prometido no podía quedarse mucho tiempo. Tenía que volver hacia el norte, y antes de partir le aseguró a Lindu que regresaría pronto para la boda. Después se la llevaría a vivir con él. Mientras tanto, ella debía preparar sus vestidos y disponer todo para el casamiento.
Lindu se puso a trabajar. Preparó lo que necesitaba y esperó. Pasaba un día, pasaba otro, y el novio no aparecía. Terminó el invierno. La primavera vistió la tierra con colores nuevos. Llegó el verano, y todavía no había señales de la Aurora Boreal.
Al fin, la espera se convirtió en llanto. Lindu se sentaba en el prado junto al río, con el vestido de novia, la corona y el velo blanco. Lloraba de día y de noche, y de sus incontables lágrimas nacieron los pequeños arroyos del valle. Las aves volaban a su alrededor, se posaban cerca de su cabeza y de sus hombros e intentaban consolarla con sus voces suaves. Ella apenas las notaba.
También había olvidado señalarles los caminos hacia las tierras lejanas y ocuparse de que encontraran alimento. Sin su guía, los pájaros iban de aquí para allá, sin saber dónde quedarse ni hacia dónde partir.
La noticia de la tristeza de su hija y del desamparo de las aves llegó a Uko. Decidió ayudarlas a todas. Ordenó a los vientos que buscaran a Lindu y la llevaran hasta él, lejos de aquella pena. Los vientos descendieron mientras la muchacha seguía llorando en el suelo. La levantaron con tanta delicadeza que ni siquiera se dio cuenta. Después la llevaron al cielo y la depositaron sobre el firmamento azul.
Allí vive todavía, en un pabellón celeste. Su velo de novia se extiende de una punta a otra del cielo: quien alza los ojos hacia la Vía Láctea ve la blancura de aquel vestido. Desde allí Lindu vuelve a dirigir a las aves en sus largas migraciones. También mira hacia el norte, hacia el otro extremo del cielo, y saluda con la mano a la Aurora Boreal.
Su antigua alegría despertó de nuevo. Cuando se acerca el invierno, ve llegar al prometido, que la visita y pregunta por ella. A menudo él sube hasta su lado y, cerca uno del otro, renuevan su amor. Sin embargo, no pueden celebrar la boda. Uko dejó a Lindu en su puesto del cielo, con el vestido y el velo, y su prometido no puede llevársela de allí. Así lo dispuso Uko, y así, cuenta esta historia, apareció la Vía Láctea.




