Había un camino del que ningún viajero regresaba vivo. Algunos hablaban de una serpiente; otros, de un escorpión. Nadie sabía con certeza qué ocurría allí.
Un anciano que viajaba por ese camino se sentó en una piedra a descansar. A su lado vio un escorpión del tamaño de un gallo. Mientras lo miraba, el animal se convirtió en serpiente y se alejó.
El hombre, asombrado, decidió seguirlo a distancia para averiguar qué era. Lo acompañó de día y de noche, silencioso como una sombra.
La serpiente entró en una posada y mató a varios viajeros. Después llegó a la casa del rey y lo mató también. Subió por un desagüe hasta el palacio de la reina y acabó con la hija menor del monarca. Por donde pasaba se oían llantos, y el anciano seguía detrás.
Llegaron a un río ancho y veloz. Unos viajeros pobres esperaban en la orilla: no tenían dinero para pagar la barca. La serpiente se transformó en un búfalo hermoso, con un collar de bronce y campanillas.
—Debe volver nadando a su casa —pensaron los hombres—. Si subimos a su lomo y nos agarramos de la cola, nos llevará.
Así lo hicieron. En medio del río, el búfalo empezó a sacudirse y patear. Los viajeros cayeron al agua y se ahogaron.
El anciano cruzó en una barca. En la otra orilla ya no había búfalo: vio un buey espléndido. Un campesino que pasaba quiso quedárselo y lo atrajo hasta su casa. El animal se dejó atar mansamente entre el ganado.
Esa noche volvió a convertirse en serpiente. Mató a los animales y después entró en la vivienda, donde mató a quienes dormían. Se alejó, todavía seguido por el anciano.
Junto a otro río tomó la forma de una joven cubierta de joyas. Dos hermanos soldados se acercaron al oírla llorar.
—Mi marido bajó a buscar la barca —les contó—. Se puso a lavarse la cara, resbaló y se ahogó. Ahora no tengo a nadie.
El hermano mayor se enamoró de ella y le ofreció casamiento. La joven aceptó con una condición: no haría tareas de la casa y él le daría todo lo que pidiera. El soldado prometió obedecer.
—Entonces traeme agua. Tu hermano puede quedarse conmigo.
Apenas se alejó, ella le propuso al menor huir juntos.
—Solo le prometí casarme para apartarlo. Al que quiero es a vos.
El joven se negó: la consideraba ya parte de la familia. Ella se enojó y, cuando volvió el mayor, lo acusó de haberle pedido que escaparan juntos.
El hermano mayor desenvainó la espada. Combatieron todo el día y al anochecer los dos estaban muertos. La muchacha volvió a ser serpiente y continuó su camino.
Por fin adoptó la forma de un anciano de barba blanca. Al verlo parecido a sí mismo, el hombre que lo seguía se animó a acercarse. Lo sujetó de la barba y preguntó quién era.
—Algunos me llaman señor de la muerte, porque llevo la muerte por el mundo.
El viajero le pidió que terminara también con su vida: estaba agotado de seguirlo.
—No —respondió la figura—. Solo se la doy a quienes han cumplido sus años. A vos todavía te quedan sesenta.
Y desapareció. Pero si realmente era el señor de la muerte o si era un diablo, ¿quién puede decirlo?




