Un viejo leñador tenía un bulto en una mejilla. Había consultado a médicos y probado remedios durante años, sin conseguir que desapareciera. A veces le molestaba; otras, mientras trabajaba o bailaba, se olvidaba por completo de él. Porque aquel hombre, además de conocer los árboles del monte, sabía bailar muy bien.
Una tarde fue a buscar leña y se demoró más de la cuenta. Cuando tomó el camino de regreso, las nubes taparon el cielo. La lluvia empezó con unas gotas gruesas y terminó cayendo como una cortina. El leñador buscó dónde refugiarse. No había ninguna casa, pero encontró un árbol hueco y se metió adentro con su atado de ramas.
Pasó la tormenta. Ya estaba por salir cuando oyó pasos, voces y carcajadas. Se asomó apenas. En el claro se reunía una banda de oni: algunos tenían cuernos, otros unas caras que él jamás había visto. Extendieron comida en el suelo, sirvieron bebida y se pusieron a tocar música.
El leñador se quedó quieto. Sin embargo, cuando uno de los oni empezó a bailar, tuvo que apretarse los labios para no reírse. Aquel bailarín repetía siempre el mismo paso. Una vuelta. Un salto. Otra vuelta. Otro salto.
—¿No hay nadie que haga algo distinto? —preguntó el jefe.
El viejo movió un pie dentro del tronco. Después movió el otro. Se dijo que lo prudente era quedarse escondido, pero la música ya le había ganado. Salió al claro, abrió los brazos y empezó a bailar.
Los oni se callaron de golpe. El viejo giró, se inclinó, zapateó y volvió a levantarse justo cuando cambiaba el ritmo. Entonces comenzaron los aplausos. El jefe pidió otra vuelta, y después otra. Cuando el leñador terminó, jadeando y contento, lo invitaron a sentarse.
—Mañana tenés que volver —dijo el jefe—. Dejanos algo en garantía, para estar seguros.
Un oni señaló el bulto de su mejilla.
—Eso debe de ser muy importante para él. Si lo guardamos, seguro vuelve a buscarlo.
Antes de que el viejo pudiera responder, el jefe extendió la mano y le quitó el bulto sin causarle dolor. Al instante desaparecieron la música, los platos y todos los invitados. El leñador se tocó la cara, primero con cautela y después con asombro. Corrió a casa a contar lo ocurrido.
Un vecino, que tenía un bulto parecido en la otra mejilla, escuchó la historia. Fue a verlo y le preguntó exactamente dónde estaba el árbol. El leñador le explicó el camino, y al día siguiente el vecino se escondió allí antes del atardecer.
Los oni volvieron. Cuando su jefe preguntó por el bailarín, el vecino salió enseguida.
—Acá estoy.
Lo confundieron con el hombre de la noche anterior y comenzaron a tocar. Pero el vecino no sabía bailar. Saltaba cuando debía quedarse quieto, perdía el ritmo y agitaba los brazos sin saber cómo seguir.
—Basta —dijo el jefe—. Ayer bailabas mucho mejor. Llevate lo que nos dejaste y andate.
Sacó el bulto que habían guardado y lo colocó en la mejilla libre del vecino. Luego desapareció con su séquito. El hombre quedó solo, con dos bultos en lugar de uno. Volvió despacio por el sendero: conocía el lugar de la fiesta, conocía la hora y hasta las palabras que debía decir, pero no había podido repetir la suerte del leñador.


