Un campesino encontró sus sembrados junto al río aplastados por cocodrilos. Estaban echados sobre el trigo nuevo y se reían cuando él intentaba echarlos. La escena se repitió tantos días que el hombre terminó arrojándoles piedras.
Los animales se lanzaron contra él. El campesino cayó de rodillas y les rogó que no lo mataran.
—Dejaremos en paz tu trigo y tu vida si nos das a tu hija en matrimonio —dijo el más grande.
Aterrorizado, el padre prometió. Al volver a casa se lo contó a su esposa, que se indignó: la joven ya estaba comprometida con una familia rica. Decidieron seguir con aquella boda e ignorar a los cocodrilos.
Pero el novio murió antes de casarse. Un segundo pretendiente cayó enfermo, y otras desgracias se acumularon. La madre terminó sospechando de los animales. El campesino fue al río a pedir que lo liberaran de la promesa y recibió nuevas amenazas.
Todavía se resistieron. Al día siguiente, su hija cayó y se quebró una pierna. La madre temió que todos terminaran muertos y cedió. El padre avisó que podían enviar la comitiva.
Llegaron cocodrilas con vestidos y henna para las manos de la novia. Cumplieron las ceremonias con cortesía, pero la muchacha lloraba:
—¿Me van a casar dentro del río? ¡Voy a ahogarme!
La procesión nupcial deslumbró a la aldea: músicos, dulces, telas y joyas rodeaban al rey de los cocodrilos. Llevaron a la joven en un palanquín hasta la orilla. Allí la sacaron y la obligaron a entrar en el agua, pese a sus gritos.
En cuanto sus pies tocaron el río, las aguas se abrieron. Apareció un camino seco hacia el fondo, y toda la comitiva desapareció por él. El padre quedó en la orilla, maravillado. Antes de partir, el rey le había dado un trozo de ladrillo.
—Si querés verla, arrojalo lejos en el río.
Pasaron meses sin noticias. La madre lloraba y decía que su hija se había ahogado, que el camino entre las aguas era una invención. Entonces el campesino llevó el ladrillo a la orilla y lo lanzó.
El río volvió a abrirse. Bajó por un sendero de arena y flores hasta un palacio de techo dorado y paredes brillantes como diamantes. El guardia se rio cuando oyó que aquel hombre pobre era el padre de la esposa del rey.
Desde una ventana, la joven reconoció la voz. Estaba contenta en su nuevo hogar: debajo del agua, su marido tenía la figura de un príncipe hermoso. Solo se convertía en cocodrilo cuando salía a tierra. Quiso abrazar al padre, pero el rey le había prohibido salir o dejar entrar a alguien sin su permiso.
—¡Estoy acá! Esperá a que vuelva mi esposo. Entonces le pediré que te deje pasar.
Llegó una comitiva de jinetes vestidos con armaduras de plata. En medio iba uno cubierto de oro. El campesino se arrodilló ante él, pidiendo ayuda por su hija llevada por el rey de los cocodrilos.
—Ese rey soy yo —respondió el príncipe—. Tu hija te recibirá con alegría.
Hubo fiestas durante varios días. Después, el padre pidió llevar a la joven de visita para tranquilizar a su madre.
—Eso no —contestó el rey—. Pero puedo darte aquí una casa y tierras para que vivan con nosotros.
El campesino regresó con varios ladrillos mágicos y consultó a su esposa. Al principio ella solo aceptó una visita. Después volvió muchas veces, hasta que los dos dejaron de regresar a la orilla y se quedaron a vivir en el reino del río con su hija y su yerno.




