En los tiempos en que los deseos todavía podían cambiar las cosas, una princesa acostumbraba jugar junto a un pozo, a la sombra de un tilo. Su juguete preferido era una pelota de oro. La arrojaba al aire y la atrapaba mientras el agua, allá abajo, permanecía quieta y oscura.
Una tarde la pelota cayó fuera de sus manos, rodó sobre la piedra y desapareció en el pozo. La princesa se arrodilló, pero no podía ver el fondo. Empezó a llorar.
—¿Qué te pasa? —preguntó una voz.
Era una rana que asomaba la cabeza entre las plantas del borde. La princesa le contó lo ocurrido.
—Puedo buscarla —dijo la rana—. ¿Qué me darías a cambio?
—Lo que quieras: mis vestidos, mis joyas, hasta mi corona.
—No me interesan esas cosas. Quiero ser tu compañera, sentarme a tu mesa, comer de tu plato y dormir en tu cama.
La princesa deseaba tanto recuperar la pelota que aceptó. En realidad pensó que una rana jamás podría seguirla hasta el palacio. La rana se sumergió y, al rato, reapareció con la pelota en la boca. La dejó sobre el pasto. La princesa la recogió y salió corriendo.
—¡Esperame! —croó la rana—. ¡No puedo correr como vos!
Pero la princesa ya se había ido.
Al día siguiente, durante la cena, se oyeron pequeños golpes húmedos en la escalera de mármol. Después alguien llamó a la puerta.
—Princesa, abrime.
Ella se levantó, vio a la rana y cerró de golpe. Su padre notó el susto y le pidió una explicación. La princesa contó lo de la pelota y la promesa.
—Lo prometiste —dijo el rey—. Ahora dejala entrar.
La rana avanzó hasta su silla. Pidió que la levantaran, luego quiso subir a la mesa y por fin reclamó el plato de oro. La princesa obedeció por orden de su padre, aunque apenas pudo tragar un bocado. La rana, en cambio, comió con excelente apetito.
Cuando terminó, anunció que estaba cansada.
—Llevame a tu cuarto. Quiero dormir.
La princesa lloró y dijo que no quería compartir su cama con aquel animal frío. El rey se enojó: insistió en que quien la había ayudado no debía ser despreciado. Ella tomó a la rana con dos dedos, subió la escalera y la dejó en un rincón.
Pero la rana llegó saltando hasta la cama.
—Levantame. Si no, voy a avisarle a tu padre.
Entonces la princesa perdió la paciencia. La agarró y la arrojó con fuerza contra la pared.
No cayó una rana al suelo. Ante ella apareció un joven príncipe. Una bruja lo había encantado y aquel golpe había roto el hechizo. Le explicó que había vivido atrapado en el pozo y que, hasta ese momento, no había podido recuperar su forma.
El rey dispuso que su hija se casara con él. A la mañana siguiente llegó un carruaje tirado por ocho caballos blancos, adornados con plumas. Detrás viajaba Enrique, el fiel servidor del príncipe. Cuando su señor había sido transformado, Enrique había sufrido tanto que se había hecho colocar tres aros de hierro alrededor del corazón para impedir que se le rompiera de tristeza.
Ahora ayudó a los recién casados a subir al coche y se acomodó detrás, radiante. Emprendieron el camino hacia el reino del príncipe.
Poco después se oyó un chasquido.
—¡Enrique, se rompe el carruaje! —gritó el príncipe.
—No, señor. Es un aro de mi corazón. Lo pusieron cuando usted estaba preso en el pozo.
Siguieron andando. Otro chasquido sonó entre el ruido de las ruedas, y luego un tercero. El príncipe volvió a mirar, preocupado, pero el carruaje estaba entero. Lo que se había roto eran los últimos aros de hierro: el corazón de Enrique ya no necesitaba que nada lo sostuviera.


