Un chico perdió a sus padres y fue a vivir con una tía. Ella lo mandó a cuidar las ovejas. Desde la mañana hasta la tarde, él recorría descalzo la llanura, siguiendo al rebaño y tocando su pequeña flauta.
Un día apareció un lobo.
—Pastorcito, ¿te como a vos o a tus ovejas?
—No sé, señor lobo. Tengo que preguntarle a mi tía.
Al volver con el rebaño, el chico repitió la pregunta. La mujer miró las ovejas gordas y a su sobrino pequeño.
—Que te coma a vos, por supuesto.
A la mañana siguiente, el pastor salió otra vez con su flauta. Cuando apareció el lobo, dejó de tocar y le comunicó la respuesta. Al animal le dio un poco de lástima aquella criatura tan chica.
—¿Hay algo que pueda hacer por vos después?
—Cuando termines, pasá un hilo por un huesito de mi tobillo y colgalo del árbol que se inclina sobre aquella laguna.
El lobo lo mató y lo comió. Después cumplió el pedido. El huesito quedó balanceándose entre las ramas, al sol.
Tiempo más tarde, tres ladrones que acababan de robar un palacio se sentaron bajo el árbol. Estaban repartiendo platos de oro, joyas y telas cuando se oyó un chacal. Usaban ese aullido como señal de alarma; justo entonces se cortó el hilo y el huesito cayó sobre la cabeza del jefe.
—¡Nos descubrieron! —gritó, creyendo que alguien le había arrojado una piedra.
Los tres huyeron y dejaron el botín. El pequeño hueso lo reunió y se instaló al pie del árbol con una nueva flauta. Tocaba tan bien que acudían animales del bosque, aves y peces a escucharlo.
Colocó fuentes de mármol alrededor de la laguna para que pudieran beber. Por las tardes venían ciervas, tigresas y lobas para que las ordeñara. Él bebía lo que necesitaba y dejaba el resto en la laguna, que terminó llena de leche.
Una anciana pasó con su cántaro, oyó la música y se acercó.
—Llenalo, madre —la invitó el huesito—. Acá puede beber todo el que llegue.
La mujer se fue contenta con la leche. En el camino encontró al rey, perdido después de una cacería y muerto de sed. Cuando le ofreció beber, le contó la maravilla que acababa de ver.
El rey quiso conocerla. Al llegar y escuchar aquella música entre tantos animales, exclamó:
—¡Tengo que llevarme a ese pequeño flautista!
El huesito salió corriendo. Se metió entre zarzas y espinas, pero el monarca lo persiguió sin importarle los rasguños. Finalmente lo atrapó.
En ese instante estallaron truenos y relámpagos. Las ciervas llamaban desde la laguna. Por encima de todo sonó la voz del huesito: les preguntaba a las nubes por qué se agitaban y a las ciervas por qué esperaban, si lo obligaban a dejar su casa y ya no podría cuidarlas.
El rey sintió compasión. Al ver que no tenía en la mano más que un pequeño hueso, lo dejó libre.
El flautista regresó al árbol. Allí sigue tocando, dice el cuento, mientras los animales se reúnen para escucharlo. A veces alguien que cruza la llanura oye una flauta y recuerda al niño que un lobo comió hace muchísimo tiempo.




