BibliotecaEl huérfano y los perros del infierno
El huérfano coloca una hoja de llantén en el lago y ve cómo se transforma en un bote.

Estonia · tradición y elaboración literaria histórica · Cuento tradicional

El huérfano y los perros del infierno

El trabajo detrás de las puertas de hierro

16 min de lectura*14+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

Había una vez un jornalero y su mujer que apenas conseguían vivir de un día para otro. Tuvieron tres hijos, pero solo sobrevivió el menor. El niño tenía nueve años cuando enterró primero a su padre y después a su madre. Sin nadie que lo cuidara, empezó a pedir pan de puerta en puerta.

Al año siguiente llegó a la casa de un campesino rico justo cuando necesitaban un chico para cuidar el ganado. El dueño no parecía un hombre especialmente cruel, pero su mujer mandaba en todo y trataba al huérfano con una dureza terrible. Le daba golpes de sobra y comida de menos. Como el niño no veía otro lugar adonde ir, soportaba aquella vida.

Un día perdió una vaca. Corrió por el bosque de un lado a otro hasta que se puso el sol, sin encontrarla. Sabía lo que lo esperaba en la casa, pero al final tuvo que reunir a los demás animales y volver. Ya había oscurecido un poco cuando oyó los gritos de su patrona, que lo llamaba haragán y le exigía apurarse.

En cuanto el ganado llegó a la puerta, ella advirtió la ausencia. Sin decir una palabra, arrancó una estaca del cerco y empezó a pegarle. Lo golpeó con tanta furia que habría podido matarlo o dejarlo herido para toda la vida. Sus gritos hicieron salir al campesino.

El hombre sintió lástima, pero no se atrevió a enfrentarse directamente con su mujer. Intentó detenerla con el argumento que creyó que ella aceptaría.

—No lo hagas pedazos. Si lo dejás así, no va a poder buscar la vaca. Nos sirve más vivo.

—Es verdad —contestó ella—. Su cuerpo no vale lo que vale una buena vaca.

Le dio todavía unos golpes y lo echó de nuevo al bosque.

—Si volvés sin el animal, te mato.

El chico pasó la noche buscando entre los árboles. No encontró ni un rastro. Cuando salió el sol, tomó una decisión.

—Pase lo que pase, no vuelvo a esa casa.

Empezó a correr en línea recta. Siguió hasta dejar muy lejos la granja y hasta que le faltaron por completo las fuerzas. Cerca del mediodía cayó al suelo, casi muerto, y quedó sumido en un sueño profundo.

Al despertar sintió algo fresco en la boca. Abrió los ojos y vio a un viejito de barba gris que devolvía un cucharón a una lechera.

—Dame un poco más, por favor —pidió.

—Ya tomaste bastante por hoy —respondió el hombre—. Si no hubiera pasado por acá de casualidad, ese habría sido tu último sueño. Te encontré medio muerto.

Le preguntó de dónde venía y adónde iba. El niño le contó todo lo que recordaba de su vida, hasta la paliza de la noche anterior. El viejo escuchó sin interrumpirlo.

—Muchos que perdieron a quienes los querían y protegían han pasado penas como las tuyas —dijo al fin—. Ahora que te fuiste, vas a tener que buscar tu suerte en otra parte. Yo no tengo casa, campo, esposa ni hijos; no puedo darte un lugar donde vivir. Pero puedo aconsejarte. Dormí acá esta noche. Mañana fijate bien por dónde sale el sol y caminá hacia allí. Cada mañana lo tendrás de frente, y cada tarde, a la espalda. Te sentirás más fuerte día a día. Dentro de siete años vas a ver una montaña tan alta que toca las nubes. Ahí encontrarás tu suerte.

El anciano le entregó una bolsa y una cantimplora.

—Vas a encontrar la comida y la bebida que necesites cada día. Eso sí: dejá siempre una miga de pan y una gota sin consumir. Si las vaciás por completo, la provisión se termina. Podés compartir con un pájaro hambriento o con un animal que tenga sed. A Dios le alegra que una criatura cuide de otra.

Luego le indicó algo más:

—En el fondo de la bolsa hay una hoja de llantén doblada. Cuidala mucho. Cuando llegues a un río o a un lago, extendela sobre el agua: se convertirá en un bote que te permitirá cruzar. Al llegar a la otra orilla, doblala otra vez y guardala. Que Dios te acompañe.

Y desapareció. El muchacho habría creído que había soñado si no tuviera todavía los regalos entre las manos. Abrió la bolsa: encontró medio pan, un recipiente con arenques salados, otro con manteca y un buen trozo de panceta. Comió hasta quedar satisfecho. Después se acostó con la bolsa y la cantimplora debajo de la cabeza, para que nadie se las robara mientras dormía.

Despertó al amanecer, desayunó y empezó a caminar hacia el sol. Le sorprendió no sentir cansancio. Solo el hambre le avisó que se acercaba el mediodía. Comió, durmió un rato y siguió. Cuando cayó la tarde y vio el sol detrás de su espalda, supo que llevaba el rumbo correcto.

Días después llegó a un pequeño lago. Sacó la hoja de llantén y la puso sobre el agua. En su lugar apareció un bote con remos. Se sentó, dio unas cuantas remadas y llegó a la orilla opuesta. El bote volvió a ser una hoja; la dobló y la guardó con cuidado.

Así siguió viajando durante años. La comida y la bebida nunca se agotaron. El niño se convirtió en un joven fuerte. Debían de haber pasado los siete años anunciados cuando vio a lo lejos una montaña altísima, que parecía alcanzar las nubes. Todavía tardó una semana entera en llegar al pie.

Se sentó a descansar y a esperar lo que vendría. No llevaba mucho tiempo allí cuando oyó un silbido. Una serpiente enorme, de por lo menos doce brazas de largo, pasó muy cerca. El miedo lo dejó inmóvil, pero el animal siguió de largo.

Volvió el silencio. Después sintió unos golpes pesados y espaciados. Era un sapo grande como un potrillo de dos años. También pasó sin prestarle atención. Poco después sonó sobre su cabeza un rumor de tormenta. Al mirar hacia arriba, vio un águila gigantesca que volaba en la misma dirección que la serpiente y el sapo.

—Qué cosas raras para anunciar una buena suerte —pensó.

Entonces apareció un hombre montado en un caballo negro. Corría con tal velocidad que parecía tener alas en las patas. El jinete frenó al verlo.

—¿Quién pasó por acá?

El joven describió la serpiente de doce brazas, el sapo del tamaño de un potrillo y el águila, cuyo tamaño no había podido calcular, aunque sus alas sonaban como una tempestad.

—Viste bien —dijo el jinete—. Son mis peores enemigos y los estoy persiguiendo. Si no tenés nada mejor que hacer, podría darte trabajo. Cruzá esta montaña y llegarás derecho a mi casa. Yo voy a estar ahí al mismo tiempo que vos, o antes.

El joven aceptó. El caballo se alejó como el viento y él emprendió la subida. Tardó tres días en alcanzar la cumbre y otros tres en bajar por la ladera opuesta. Cuando llegó, el hombre lo esperaba delante de la casa.

Le contó que había conseguido matar a la serpiente y al sapo, pero no había podido alcanzar al águila. Luego le propuso el empleo: tendría cada día toda la buena comida que quisiera y un sueldo generoso, siempre que cumpliera fielmente su tarea.

Hecho el acuerdo, lo llevó a un sótano excavado en la roca y cerrado con tres puertas de hierro.

—Mis perros salvajes están encadenados acá adentro. Tu trabajo es vigilar que no caven debajo de la puerta y se escapen. Si uno consigue salir, ya no habrá manera de contener a los demás. Se seguirán uno a otro y destruirán todo lo que vive sobre la tierra. Si sale el último, llegará el fin del mundo y el sol habrá brillado por última vez.

Después le mostró una colina que no había hecho Dios: manos humanas la habían levantado amontonando enormes bloques de piedra.

—Cada vez que los perros abran un agujero, tendrás que llevar una piedra nueva hasta la puerta y taparlo. Ahora te voy a mostrar los bueyes que arrastran las cargas.

En el establo había cien bueyes negros. Cada uno tenía siete cuernos, y eran tan grandes como los mayores bueyes de Ucrania.

—Enganchá seis yuntas al carro y podrán llevar cualquier piedra sin esfuerzo. Con esta palanca vas a tocar el bloque que elijas; él solo rodará hasta el carro. Como ves, no es un trabajo muy pesado. En cambio, exige mucha atención. Revisá la puerta tres veces por día y una vez durante la noche. Una desgracia ahí sería mucho mayor que cualquier falta que pudieras explicarme.

El joven aprendió pronto. El empleo le gustaba: disponía de lo mejor para comer y beber, y las instrucciones eran claras. A los dos o tres meses, los perros consiguieron cavar una abertura por donde ya podían sacar las colas. Él llevó una piedra y cerró el hueco. Los animales tuvieron que empezar de nuevo.

Pasaron muchos años y reunió una buena suma de dinero. Pero empezó a desear la compañía de otras personas. Hacía muchísimo que no veía ningún rostro humano aparte del de su patrón. El hombre lo trataba bien, aunque aquella soledad alargaba terriblemente los días. A veces al dueño le daba por dormir durante siete semanas seguidas, sin interrupción y sin mostrarse para nada.

Durante uno de esos sueños, una gran águila se posó sobre el montón de piedras y empezó a hablar.

—¿Vas a entregar toda tu vida a cambio de comer bien? El dinero que ahorraste no te sirve de nada acá: no hay nadie con quien gastarlo. Sacá del establo el caballo veloz de tu patrón. Atale la bolsa de dinero al cuello, montá y cabalgá hacia donde se pone el sol. En unas semanas vas a estar otra vez entre personas. Pero después sujetá bien al caballo con una cadena de hierro. Si lo dejás escapar, volverá aquí y tu patrón irá a pelear con vos. Sin el caballo, él no puede salir de este lugar.

El joven pensó en las puertas del sótano.

—¿Y quién va a cuidar a los perros mientras él duerme?

—¡Todavía no entendés! —respondió el águila—. Dios lo creó precisamente para vigilar a los perros del infierno. Si duerme siete semanas seguidas, es por pura pereza. Cuando ya no tenga un forastero trabajando para él, tendrá que levantarse y cumplir su propia obligación.

El consejo lo llenó de alegría. Fue al establo, sacó el caballo, le ató al cuello la bolsa de oro y montó. Apenas se había alejado de la montaña cuando oyó la voz de su patrón detrás.

—¡Pará, pará! ¡Llevate tu dinero y andá con Dios, pero dejame el caballo!

El joven no se detuvo. Siguió cabalgando y, después de unas semanas, volvió a encontrarse entre seres humanos. Se construyó una linda casa, se casó con una joven y vivió feliz con su fortuna. Si todavía no murió, seguirá viviendo. El caballo rápido como el viento, en cambio, murió hace mucho tiempo.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Detrás de esta historia.

Ilustración simbólica: Dos libros abiertos bajo estrellas y una aurora, ante un paisaje bajo de bosques y agua.
Ilustración de su mundo literario

Compilador y traductor al inglés

William Forsell Kirby

William Forsell Kirby preparó The Hero of Esthonia, publicado en dos volúmenes en 1895. Reunió y tradujo material estonio a partir de distintas colecciones, entre ellas las de Kreutzwald y Harry Jannsen, y explicó que combinaba relatos completos, abreviaciones y noticias breves....

Conocé su historia
Ilustración simbólica: Un libro abierto ante una ventana hacia un bosque y un granero distante.
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Recopilador y elaborador literario

Friedrich Reinhold Kreutzwald

Friedrich Reinhold Kreutzwald fue un escritor estonio que reunió y dio forma literaria a narraciones tradicionales. Kirby lo acredita en los encabezados de varios cuentos de esta selección. Su papel no equivale al de un narrador oral anónimo: la elaboración escrita forma...

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Una historia, varios caminos.

Para conversar después

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

El muchacho pasa de un lugar donde lo lastiman a otro donde come bien, pero queda aislado. Antes de irse, pregunta quién cuidará a los perros: no quiere dejar a otros en peligro. La respuesta del águila cambia lo que entiende de su trabajo. La primera ayuda del anciano también incluía una manera de cuidar: compartir las provisiones sin agotarlas.

  • ¿Qué necesita el protagonista además de comida y dinero?
  • ¿Qué descubre al preguntar quién vigilará a los perros si él se va?

Una mirada adulta

Dos formas de dependencia organizan el recorrido. La primera es abiertamente violenta; la segunda ofrece bienestar mientras transfiere una responsabilidad desmesurada y consume los años en soledad. El águila, que había sido presentada como enemiga del patrón, proporciona la información decisiva para salir. El cierre tampoco vuelve indestructible todo lo maravilloso: distingue la posible vida del hombre de la muerte ya ocurrida de su caballo.

  • ¿Qué diferencia hay entre aceptar un trabajo y asumir para siempre la obligación de otro?
  • ¿Cómo cambia tu lectura del águila entre su primera aparición y su consejo?

Una biblioteca abierta para leer en compañía o perderse un rato entre cuentos.

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