En tiempos antiguos, decía la leyenda, un rey llamado Karkus gobernaba Estonia. En los bosques espesos vivían osos y bisontes; los alces y los caballos salvajes corrían entre la vegetación. Todavía no habían llegado barcos mercantes de países lejanos ni ejércitos que impusieran la cruz del Dios cristiano con sus espadas. El relato recordaba aquella época como un tiempo de libertad.
El palacio de Karkus estaba construido con piedras preciosas que brillaban al sol como oro. Cerca se extendía un bosque sagrado, morada de tres dioses blancos, considerados benéficos, y tres dioses negros, considerados malignos en la leyenda. El rey vivía allí con su corte. Sus enemigos lo temían y su pueblo lo quería como a un padre.
Tenía riquezas y honores, pero le faltaba algo: él y su esposa no habían tenido hijos. Prometió grandes ofrendas a los dioses blancos si escuchaban su pedido. Después de siete años, la reina dio a luz mellizos. El niño era atrevido e impetuoso como su padre; la niña tenía pelo dorado y ojos azules como campanillas, que ya desde la cuna parecían sonreírle a su madre.
Karkus, lleno de alegría, cumplió su promesa. Pero los dioses negros se sintieron despreciados: creían merecer los mismos honores. Fueron a ver al dios de la Muerte y le pidieron que fijara su mirada funesta sobre el hijo del rey.
El niño crecía y llenaba de alegría a sus padres. Cuando empezaba a balbucear su primera palabra, lo alcanzó aquella mirada. Desde entonces fue perdiendo las fuerzas, hasta morir. Su hermana, Rannapuura, siguió creciendo como una rosa y quedó como el único consuelo de la familia.
Las fuerzas enemigas no se conformaron. Cuando la niña cumplió siete años, hicieron que cayera en manos de Peipa, una bruja poderosa. La llevó a su terrible morada, excavada en una roca bajo una alta sierra de Ingermanland. Rannapuura pasó allí diez años, obligada a servirla. A pesar de aquella vida dura, se convirtió en una joven de rostro sereno y belleza extraordinaria.
Un espíritu bueno le había revelado a Karkus dónde estaba su hija. Pero ni todo su poder alcanzaba para vencer las artes de Peipa. Con el tiempo perdió la esperanza de rescatarla. No dejó, sin embargo, de pedir ayuda a los dioses blancos y de llevarles ofrendas.
Al fin sintieron compasión por la muchacha y por sus padres. Tampoco ellos se atrevían a enfrentar abiertamente a Peipa, así que prepararon una estratagema. Enviaron en secreto una paloma con cuatro regalos: un peine de plata, una carda, una manzana de oro y una túnica de lino blanco. La paloma llevó también un mensaje.
—Aceptá estos regalos y escapá en cuanto puedas. Si Peipa te persigue, llamá a los dioses blancos y arrojá primero el peine detrás de vos. Si no alcanza, tirá la carda. Si todavía te sigue, usá la manzana. Por último, arrojá la túnica. Tené mucho cuidado de respetar ese orden.
Rannapuura prometió hacerlo, agradeció la ayuda y dejó partir al ave. La ocasión llegó el primer martes después de la luna nueva. A medianoche, Peipa montó en una escoba vieja y salió volando. La historia contaba que las brujas de aquellas tierras hacían ese viaje en las lunas nuevas tercera, sexta, novena y duodécima del año.
Mucho antes del amanecer, la joven salió en silencio de su cuarto con los cuatro regalos. Corrió hacia el palacio de su padre tan rápido como pudo. Al mediodía ya había recorrido un buen trecho. Miró atrás y sintió que el miedo le cortaba el aliento: Peipa la perseguía, montada en un gallo gigantesco, agitando una barra de hierro en la mano derecha.
La princesa llamó a los dioses blancos y arrojó el peine. En un instante apareció un río impetuoso, ancho, profundo y de muchas millas de largo. Desde la otra orilla, Peipa la vio alejarse y se enfureció. Pero no tardó en encontrar un vado. Cruzó el agua y volvió a acercarse.
Entonces Rannapuura dejó caer la carda. Surgió un bosque tan alto y espeso que ni la bruja ni su cabalgadura pudieron atravesarlo. Peipa tuvo que rodearlo, y el desvío le llevó un día entero.
La fugitiva llevaba dos noches y un día sin probar pan y sin atreverse a dormir. Las fuerzas empezaron a abandonarla. Durante el segundo día vio otra vez a Peipa detrás de ella. Arrojó la manzana de oro, que se convirtió en una montaña de granito. Un sendero estrecho serpenteaba hasta la cumbre y le indicó a la bruja por dónde pasar. Superar aquel obstáculo le costó otro día.
Pero Rannapuura ya no pudo aprovechar toda la ventaja. Había avanzado apenas un poco cuando el sueño le cerró los ojos. Al despertar vio por fin, a lo lejos, el palacio de su padre. También vio a Peipa tan cerca que creyó imposible escapar.
Solo le quedaba la túnica. La arrojó detrás de sí; la tela cayó extendida y se convirtió en un lago inmenso. Las olas espumosas se levantaron alrededor de Peipa y un viento furioso le lanzó agua a la cara.
El gallo estiró el cuello por encima de la superficie, levantó el pico y golpeó el agua con las alas. No logró salvarse: se ahogó. Peipa llamó entre maldiciones a todos los espíritus infernales, pero ninguno acudió. Se hundió gritando en las profundidades.
Allí, según la leyenda, sigue sufriendo. Los lucios y otras criaturas del fondo la muerden sin descanso. Ella sacude las manos y los pies, retuerce y estira el cuerpo, y por eso el lago, llamado Peipus por su nombre, se agita siempre con oleaje y tormentas.
Rannapuura llegó a salvo al palacio y más adelante se casó con un príncipe. El relato también encontraba sus huellas en los nombres del paisaje: el nombre de Karkus permanecía en el de una iglesia, y el de la princesa, en la propiedad de Rannapungern, al norte de Peipus, en el límite entre Livonia y Estonia.
El río nacido del peine de plata era el Pliha. No corría derecho: se torcía a uno y otro lado como los dientes de un peine doble. Después se unía al Narova y llegaba con él al mar. También había quedado el bosque de la carda. La fuente histórica decía que había durado hasta una guerra entre suecos y polacos, unos doscientos años antes de que se narrara aquella versión: los polacos se ocultaron en él y los suecos lo incendiaron.
La montaña de la manzana seguía en pie. Solo había cambiado la piedra: el granito, concluía el cuento, se había vuelto arenisca.




