Un campesino tenía una vaca y un carabao, un búfalo de agua. Eran toda su riqueza, pero los hacía trabajar tanto que los animales apenas podían descansar. Cuando se quejaban, él no los escuchaba.
Un día la vaca se acercó a su compañero.
—Vámonos. Ni siquiera nos deja bañarnos. Si nos quedamos, va a seguir tratándonos igual.
—Yo también quería escapar —respondió el carabao—. No sabía si vos ibas a acompañarme.
Salieron corriendo, evitando los lugares donde pudieran cruzarse con personas. Al llegar a un río limpio y fresco, la vaca se detuvo.
—Aprovechemos para bañarnos.
El carabao prefería alejarse un poco más. Temía que su dueño los estuviera siguiendo y estaba agotado. Pero la vaca insistió tanto que finalmente aceptó.
En aquel mundo del cuento podían sacarse la piel como si fuera ropa. La dejaron a la orilla y entraron al agua.
No había pasado mucho tiempo cuando vieron al campesino acercándose con un gran palo. Salieron a toda prisa, buscaron sus prendas y se vistieron sin mirar.
El carabao se puso la piel de la vaca. La vaca se puso la del carabao.
Volvieron a correr. El hombre, cansado de perseguirlos, tuvo que regresar solo.
Los dos animales escaparon, pero después se separaron y no pudieron intercambiar sus pieles. Por eso, dice esta historia, a la vaca le sobra piel en el cuello: lleva la de un animal más grande. Al carabao, en cambio, le queda ajustada la que tomó por equivocación.



