Un leñador y su esposa vivían en una casita junto al huerto de un hombre rico. Las ramas de un peral se extendían sobre el patio. El dueño les permitía comer las peras que cayeran de su lado, y los dos pasaban horas esperando viento, murciélagos o cualquier cosa que sacudiera el árbol.
Pero las peras seguían arriba. La mujer temía que terminaran mendigando y le daba al marido apenas pan seco, mientras le exigía trabajar más. Al fin él se plantó:
—No salgo otra vez si no me preparás una buena comida. Hoy quiero khichri.
Ella puso a cocinar arroz, legumbres, manteca y especias. El aroma llenó la casa. El hombre quiso probarlo enseguida, pero su esposa le pidió una última carga grande de leña antes de sentarse a comer.
En el bosque cortó ramas pensando en el almuerzo. Un oso que pasaba le preguntó por qué juntaba tanto. El leñador describió el khichri con tal entusiasmo que al animal se le hizo agua la boca.
—¿Me daría un poco tu esposa si yo también llevara leña?
El hombre hizo subir la oferta una y otra vez, recordándole la manteca, las legumbres y las especias. Terminaron acordando media tonelada de leña por una porción. Cuando el oso dudó del peso, el leñador agregó:
—También tiene azafrán.
El oso aceptó y se puso a trabajar. El leñador corrió a contar el negocio. Su esposa, en vez de alegrarse, preguntó cuánto iba a comer el invitado.
—¡Va a vaciar la olla antes de que terminemos el primer plato!
Decidieron adelantarse. Se sentaron en el suelo, con la olla de bronce entre los dos, y empezaron a comer. A cada bocado uno le recordaba al otro que dejara algo para el oso. Ambos contestaban que sí mientras se servían otra vez.
No quedó un solo grano. Después de culparse mutuamente, escondieron toda la comida de la casa, dejaron la olla junto al fuego y subieron al altillo. Esperaban que el oso dejara la carga antes de descubrir el engaño y que después estuviera demasiado cansado para llevársela.
Así ocurrió. El oso llegó agotado, soltó la leña y se abalanzó sobre la olla. Solo encontró el olor. Revolvió la casa, lloró de rabia y no consiguió un bocado. Quiso recoger la carga, pero pesaba demasiado.
—Al menos me llevo la olla. Si no tengo el gusto, tendré el aroma.
Al salir vio las peras. Subió al árbol y estuvo por morder una madura cuando pensó que podía venderlas a otros osos y comprar khichri con el dinero.
Llenó la olla con las mejores. Las verdes, que nadie compraría, se las comió él para no desperdiciarlas, aunque torcía el hocico de lo ácidas que estaban.
Desde una rendija, la mujer lo miraba conteniendo la respiración. Tenía un resfrío y ya no aguantaba más. Justo cuando la olla estaba llena, soltó un estornudo tremendo.
El oso creyó oír un disparo. Dejó caer la olla al patio y huyó al bosque. La pareja se quedó con la comida que había comido, la leña y las peras maduras. Al oso solo le quedó un terrible dolor de panza por la fruta verde.





