Una noche de luna, un chacal hambriento encontró un par de zapatos viejos en una zanja. Estaban demasiado duros para comerlos. Como no quería desperdiciarlos, se los colgó de las orejas y fue a la laguna.
Juntó huesos, armó una plataforma y la cubrió de barro. Después se sentó encima con aire solemne. A cada animal que llegaba a beber le exigía un homenaje:
—Antes de tocar el agua, repetí: «Plata es su trono, oro el revestimiento; joyas en las orejas, ¡qué príncipe tan espléndido!».
Los animales tenían sed y no querían perder tiempo discutiendo. Decían las palabras y bebían. Hasta el tigre repitió el verso, tomándolo como una broma. El chacal empezó a creerse realmente importante.
Llegó entonces una iguana, jadeando. El chacal le recitó la condición.
—Tengo la garganta sequísima —respondió ella—. ¿No me dejarías tomar un sorbito primero? Así puedo decir como se merecen esos versos tan buenos.
Halagado, el chacal aceptó. La iguana metió el hocico en el agua y bebió largamente. Cuando terminó, empezó a alejarse.
—¡Falta el homenaje! —le recordó él.
—Es verdad. Primero voy a probar la voz. Do, re, mi, fa… ¿Cómo era?
El chacal repitió las líneas sin advertir que la iguana seguía retrocediendo, paso a paso. Cuando tuvo un poco de distancia, ella cantó con todas sus fuerzas:
—¡Huesos en el trono, barro alrededor; zapatos en las orejas, un chacal y nada más!
Y corrió hacia su cueva. El chacal quedó un instante paralizado de sorpresa y después salió tras ella, furioso.
La iguana alcanzó el agujero, pero él le agarró la cola con los dientes. Ella tiraba para entrar; él, para sacarla. Ninguno lograba mover al otro y ambos empezaban a sentir dolor.
—Me rindo, amigo —dijo la iguana con dulzura—. Soltame la cola así puedo darme vuelta y salir.
El chacal aflojó. La cola desapareció de inmediato dentro de la cueva. Por más que cavó hasta gastarse casi las uñas, no pudo alcanzarla. Solo oyó, desde el fondo, una vocecita que seguía cantando sobre huesos, barro y zapatos viejos.




