El mono y la yaguareté estaban enemistados. El cuento no dice bien por qué. Ella buscaba atraparlo y él siempre encontraba cómo escapar.
Llegó una sequía tan grande que se secaron los ríos y las fuentes. Solo quedó un lugar con agua, donde todos los animales iban a beber. La yaguareté se instaló allí, segura de que esta vez el mono tendría que acercarse.
Él fue y casi perdió la vida. Logró huir, pero quedó asustado y todavía necesitaba agua.
Encontró entonces a un viajero que llevaba miel en varias calabazas. Se apoderó de una, se untó el cuerpo y se cubrió con hojas verdes. Después salió a hacer piruetas por los caminos. Pronto corrió la noticia de que había aparecido un animal nuevo: Amiga Follaje.
Con ese disfraz llegó al agua y pudo beber. Cuando la yaguareté le preguntó quién era, respondió cantando:
—Soy la fronda de hojas verdes; cada vez que venga a beber, me voy a transformar.
Y, en efecto, las hojas empezaron a caérsele. También se le cayó el pelo.
Volvió a la fuente con aquel aspecto distinto. Le preguntaron de nuevo quién era.
—Soy el tronco de aquel follaje. Cada vez que bebe se transforma. Desde que llamé a esta casa, no volví a tomar agua.
Los animales soltaron carcajadas. Y el mono se quedó bebiendo tranquilo, sin el miedo que antes lo había hecho escapar.




