Un grupo de jóvenes fue al pozo de la aldea. Mientras llenaban sus cántaros, conversaron sobre las bodas que les preparaban sus familias. Una esperaba vestidos; otra, dulces; otra, joyas.
Bopoluchí era huérfana y no tenía a nadie que arreglara su casamiento. Le entristecía quedarse callada, así que anunció:
—Mi tío también viene, y va a traerme vestidos, comida y joyas.
Un vendedor ambulante oyó la conversación. En realidad era un ladrón rico, y decidió adueñarse de la joven. Al día siguiente se presentó disfrazado de campesino próspero, cargado con los regalos que ella había nombrado.
—Soy hermano de tu padre. Estuve muchos años lejos. Vine a llevarte para que te cases con uno de mis hijos.
Bopoluchí creyó que su anuncio se había vuelto realidad. Juntó sus pocas pertenencias y salió con él.
En el camino, un cuervo gritó desde una rama que aquel hombre no era su tío, sino un ladrón. Ella preguntó qué decía.
—En este país todos los cuervos hacen ese ruido —respondió el hombre.
Un pavo real repitió la advertencia y recibió la misma explicación. Después un chacal les salió al paso y aulló lo mismo. El falso tío volvió a restarle importancia.
Cuando llegaron a su casa, le dijo la verdad: pensaba casarse él mismo con ella. De nada sirvió que Bopoluchí llorara y protestara. La dejó al cuidado de su madre mientras salía a preparar la fiesta.
La anciana empezó a vestirla de novia. Al ver su cabello, que llegaba hasta los tobillos, quiso saber cómo había crecido tanto.
—Mi madre me golpeaba la cabeza en el mortero donde se descascara el arroz —mintió Bopoluchí—. Con cada golpe, el pelo crecía.
La mujer quiso probarlo. Puso la cabeza en el mortero y Bopoluchí la golpeó hasta matarla. Después vistió el cuerpo con el traje rojo de novia, lo sentó en la silla de la ceremonia y le cubrió la cara con el velo. Puso delante una rueca, se cambió a la ropa de la anciana y escapó con su atado.
En el camino vio venir al ladrón, que cargaba una piedra de molino robada. Ella se ocultó tras un cerco. Él, sin reconocerla, se escondió detrás de otro para que nadie lo viera con su robo. Así pudieron cruzarse sin hablar.
De regreso, el hombre le pidió a la figura vestida de rojo que lo ayudara a bajar la piedra. Como no respondía, se enfureció y se la arrojó. El cuerpo cayó, y descubrió a su madre. Creyó haberla matado él. Cuando advirtió la fuga de Bopoluchí, decidió recuperarla.
La joven temía que la buscara. Durante un mes durmió cada noche en una casa amiga distinta. Al agotar los lugares y sentir vergüenza de pedir refugio otra vez, volvió a su casa. Se acostó con una podadera al alcance de la mano.
A medianoche entraron cuatro hombres. Cada uno tomó una pata de la cama y se la llevaron con ella encima. Bopoluchí fingió dormir hasta que llegaron a un paraje desierto. Entonces sacó la herramienta y decapitó a los dos que iban a sus pies y a uno de los que llevaban la cabecera.
El ladrón escapó y trepó a un árbol. Ella le exigió que bajara, pero él no se movió. Juntó ramas al pie del tronco y les prendió fuego. Cuando el humo lo asfixiaba, el hombre trató de saltar y murió.
Bopoluchí fue a la casa del ladrón, recogió el oro, la plata, las joyas y los vestidos allí escondidos y regresó a la aldea. Ahora tenía riqueza suficiente para casarse con quien ella quisiera. Allí terminaron sus aventuras.




