Un cazador salió desde el brazo oriental del río Penobscot, siguió otro curso de agua y llegó al pie del monte Katahdin. Cazó muchos días solo, sin encontrar a nadie.
Una mañana de pleno invierno vio huellas de raquetas sobre la nieve. Volvió a su campamento. Al día siguiente encontró el mismo rastro en un lugar muy distante. Le ocurrió una y otra vez: fuera adonde fuera, las huellas aparecían.
Comprendió que debía prestarles atención y las siguió montaña arriba. Al fin desembocaron en un camino duro y parejo, marcado por muchos viajeros. Se quitó las raquetas y continuó hasta una plataforma al pie de una pared de roca inmensa.
Había señales de que mucha gente pasaba por allí, pero no veía a nadie. Mientras esperaba, oyó pasos dentro de la piedra.
Una muchacha salió directamente de la pared.
Era hermosa, pero el cazador tuvo miedo. Ella respondió en voz alta a cada uno de sus pensamientos, con tanta amabilidad que pronto lo tranquilizó. Él comprendió que tenía grandes poderes.
Se agradaron y quisieron estar juntos. La joven lo invitó a acompañarla a través de la roca.
—No tengas miedo. Avanzá con decisión.
Él obedeció. La piedra cedió como el aire. Mientras caminaban, ella seguía respondiendo a lo que él pensaba, sin que necesitara hablar.
Llegaron a una caverna profunda donde un anciano estaba sentado junto al fuego. Lo recibió con afecto. Pasó todo el día con ellos y nunca se había sentido tan feliz.
Al acercarse la noche, el anciano preguntó a su hija:
—¿Oís a tus hermanos?
Ella salió a la plataforma y regresó.
—Todavía no.
Más tarde volvió a preguntarle. Esta vez, al regresar, la joven dijo que ya los oía.
Un trueno estalló afuera y un relámpago iluminó la entrada. De la luz salieron dos jóvenes hermosos, enormes como gigantes. Al igual que su padre, tenían cejas de piedra; sus mejillas parecían rocas.
La muchacha explicó al cazador que cada pocos días su padre les daba una misión:
—Hijos, salgan por el mundo a proteger a nuestros amigos. No pasen demasiado cerca de los árboles. Si ven algo que amenaza a quienes queremos, golpeen sin vacilar.
Entonces los hermanos volaban entre las nubes. Así, cuenta la historia, se producen el trueno y el relámpago, que tienen su hogar en Katahdin. Cuando cae un rayo, los hermanos están atacando a los enemigos de sus amigos.
Terminado aquel día, el cazador regresó a su casa. Allí descubrió que habían pasado siete años.
Así lo habían contado las personas mayores que ya no estaban.




