Liu Chen y Yuan Zhao salieron una mañana de primavera a recoger hierbas medicinales en las montañas de Tiantai. Mientras buscaban entre las piedras, encontraron un valle lleno de durazneros en flor. En el centro había una cueva, y junto a la entrada esperaban dos jóvenes: una vestida de rojo y otra de verde.
—¡Al fin llegaron! —dijeron, como si los conocieran desde siempre.
Los invitaron a entrar y les sirvieron té y vino. La joven de rojo anunció que estaba destinada a unirse con Liu; su hermana, con Yuan. Los dos estudiantes se casaron con ellas y se quedaron en aquel lugar apartado.
Pasaban los días mirando las flores y jugando al ajedrez. A veces los durazneros se cubrían de pétalos; otras veces los pétalos caían. El aire se volvía frío o cálido y había que cambiar de ropa, pero ninguno de los dos llevaba cuenta de las estaciones. El mundo del que habían venido empezó a parecerles lejano.
Hasta que un día sintieron ganas de volver a casa. No necesitaron decir mucho. Las jóvenes comprendieron lo que les pasaba.
—Si extrañan su hogar, no podemos retenerlos —les dijeron.
Prepararon una comida de despedida y les entregaron vino encantado para el viaje. Antes de separarse prometieron que volverían a verse. Los estudiantes partieron con lágrimas en los ojos, siguiendo el camino de regreso.
Pero al llegar al pueblo no reconocieron las puertas ni las casas. La gente se acercaba a preguntarles quiénes eran.
—Somos Liu Chen y Yuan Zhao. Hace unos días salimos a buscar hierbas.
Un viejo servidor miró largamente a Liu. Después cayó a sus pies, lleno de alegría.
—¡Es usted! Desde que se fue pasaron más de setenta años. Nunca supimos qué había ocurrido.
Lo condujo a una casa con un gran portón. Allí salió a recibirlo una anciana de pelo blanco, apoyada en un bastón. Era la esposa que Liu había dejado en el pueblo antes de entrar en la montaña. Tenía casi cien años.
Ella lo reconoció y lloró de alegría y tristeza a la vez.
—Pensé que no volveríamos a vernos en esta vida.
Cuando Liu había partido, su hijo era apenas un chico. Ahora tenía ochenta años y ya se había retirado de su trabajo. Había nietos, bisnietos, tataranietos y bebés en brazos. La esposa fue presentándoselos uno a uno. Los que vivían lejos regresaron al enterarse, y la casa se llenó de pasos y de voces.
Liu ofreció un banquete. Se sentó junto a su esposa, rodeado de cinco generaciones. Él conservaba el aspecto de un muchacho de veinte años. Algunos jóvenes lo miraban y se reían, sorprendidos por aquel antepasado que parecía menor que ellos.
Entonces sacó el vino de la montaña.
—Traje algo que puede devolver la juventud.
Su esposa bebió y recuperó el pelo oscuro y el rostro de sus primeros años. El hijo y los nietos mayores pidieron probar también: bastaba una gota para que volvieran a ser jóvenes.
La noticia llegó al emperador, que invitó a Liu a la corte. Liu agradeció, pero prefirió quedarse con su familia. Le envió, eso sí, un poco del vino. En respuesta recibió una placa que celebraba la casa de las cinco generaciones y una inscripción imperial dedicada a la alegría de una vida larga.
A Yuan le había ocurrido algo muy distinto. Su esposa y su hijo ya habían muerto. Entre los descendientes encontró personas cuyas vidas desaprobaba y no consiguió sentirse en casa. Al poco tiempo regresó solo a las montañas.
Liu permaneció algunos años con su familia. Después partió también hacia Tiantai, esta vez acompañado por su esposa del pueblo. Nadie volvió a verlos.



